540. El capitán

Poema #540.

El capitán.

 

El viejo capitán sale a cubierta

y dice adiós.

Es la última tormenta.

Se hundirá con su barco.

 

José Emilio Pacheco.

 

Escritor mexicano, perteneciente a la llamada “generación de los años 50″. Nació en 1939 en Ciudad de México. Ha obtenido importantes galardones a lo largo de su vida, entre ellos el Premio Nacional de Poesía, el Premio Nacional de Periodismo Literario y el Premio Octavio Paz. Este poema pertenece a “El silencio de la luna”, poemas entre 1985 y 1996.

El capitán lo sabe: se ha entregado de tal manera a su oficio, que el barco es parte de sí mismo. Han de permanecer juntos, sobre o bajo la superficie. De todas las tormentas, alguna tiene que ser la última.

@SaetasdeLuis

510. Amor

Poema #510.

Amor.

 

Mi manera de amarte es sencilla:

te aprieto a mí

como si hubiera un poco de justicia en mi corazón

y yo te la pudiese dar con el cuerpo.

 

Cuando revuelvo tus cabellos

algo hermoso se forma entre mis manos.

 

Y casi no sé más. Yo sólo aspiro

a estar contigo en paz y a estar en paz

con un deber desconocido

que a veces pesa también en mi corazón.

 

Antonio Gamoneda.

Poeta español nacido en Oviedo, en 1931. Es Doctor Honoris Causa por la Universidad de León, ciudad donde reside desde hace más de tres años. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1988; el Premio Europa 1993; y el Premio Cervantes, en 2006. Formó parte de la resistencia intelectual al franquismo. Su obra ha sido reconocida tardíamente como una de las voces importantes de la poesía española actual.

El amor es sencillo. Brota con pureza -sí, así de cursi- y se desenvuelve con naturalidad. Es natural. Como somos hombres (y mujeres), seres humanos al fin y al cabo, hemos aprendido a forzar a la naturaleza, a querer guiarla y saber más que ella. Podemos hacerlo, pero las obras que logramos son diferentes, carecen de esa vida, de esa fluidez. El amor es sencillo, sí. Está cargado de pequeños detalles y es inevitable, como cuando estalla la tormenta, y llueve sobre nosotros, y hay paz. Una paz que se compagina con todo, inclusive con ese deber desconocido que nos pesa, y que no podemos evitar.

@SaetasdeLuis

509. En nosotros…

Poema #509

En nosotros
la plenitud
del relámpago

Ana María del Re

Poeta, traductora y profesora venezolana. Licenciada en Letras y en Francés Superior por la Universidad Central de Venezuela. Realizó una maestría en Literatura hispanoamericana en la Universidad Simón Bolívar, donde fue docente desde 1975 hasta el 2000. Realizó un doctorado en Literatura en La Universidad de La Sorbona (París).

En la noche más oscura, cuando la imagen insiste en esconderse, cuando ya no exista esperanza. Cuando estalle la tormenta, cuando la intemperie sea aún más inclemente y el laberinto se extienda en el horizonte, deseo: en nosotros la plenitud del relámpago…

@LauraAlessR

370. Signos

Poema #370.

Signos.

Es el amor; tendré que ocultarme o huir.

Jorge Luis Borges

Lento,

violento,

rumoroso

temblor

de hojas

en la intrincada selva de mis espinas.

Invasión de ternura en los huesos.

Ola dulce de agua

reventándome en el fondo del pecho,

encrespándose

y volviendo a extenderse

espuma

sobre mi corazón.

 

Es el amor con su viento cálido,

lamiendo insistente la playa sola de mi noche.

Es el amor con su largo ropaje de algas,

enredándome el nombre, el juicio, los imposibles.

Es el amor salitre, húmedo,

descargándose contra la roca de mi ayer impávida dureza.

Es la marea subiendo lentamente

las esquinas de piedra de mis manos.

Es el espacio con su frío

y el vientre de mi madre palpitando su vida en el silencio.

Es el grupo de árboles en el atardecer,

el ocaso rojo de azul,

la luna colgada como fruta en el cielo.

Es el miedo terrible,

el pavor de abrir la puerta

y unirse a la caravana

de estrellas persiguiendo la luz

como nocturnas, erráticas mariposas.

Es la tiniebla absoluta

o la más terrible y blanca nova del Universo.

Es tu voz como soplo

o el ruido de días ignorando los rumbos de tu existencia.

Es esa palabra conjuro de todas las magias,

látigo sobre mi espalda tendida al filo del sol,

desencajando el tiempo con sus letras recónditas,

desprendida del azar y de la lógica,

loca palabra, espada,

torbellino revolviéndome tibias memorias

apaciblemente guardadas en el desván de los sueños,

estatuas que de pronto se levantan y hablan,

duendes morados saliendo de todas las flores,

silbando música de tambor de guerra,

terribles con sus largos zapatos puntudos,

burlándose de mí

que, inútilmente,

cavo tenaz, enfurecida, incapaz,

llorando en mi espanto,

esta última trinchera.

 

Gioconda Belli.

Nació en Managua, Nicaragua, en el año 1948. Una significativa parte de su obra posee un cargado tono erótico. Junto con Ernesto Cardenal y Claribel Alegría renovaron buena parte de la poesía en su país. Se opuso a la dictadura de Somoza, por lo que fue condenada a prisión, y la llevó a refugiarse políticamente en varios países, como México y Costa Rica. Ha publicado más de diez libros, principalmente de novela y de poesía.

Un torbellino, una tormenta de imágenes. Es el amor y, en ocasiones, no nos queda otra opción más que enfrentarnos a él, dejar que nos invada; entregarnos y descifrarlo, para no ser devorados en nuestra última trinchera.

@SaetasdeLuis

302. Los nombres del agua

Poema #302.

Los nombres del agua.

 

Señora, la lluvia

es una palabra demasiado hermosa.

¿Piensa acaso que su gris pluvioso basta

para evocar lo que usted, con sus versos, no acierta?

 

No respondía: “la lluvia es más bien un estado de ánimo.

Digo lluvia, y oigo baladas,

la isla de Mallorca desgranándose

en el pianito de Chopin tosiendo.

 

Oh siempre llueve sobre la villa francesa

como llueve sobre su corazón, en el poema”.

Plagia, Señora, a la naturaleza primero,

luego al are. La lluvia, no sus versos, es la bella.

 

¿No ha ensayado otros nombres? Por ejemplo, chubasco.

Menos dentro de un lienzo impresionista: algo

que suena más real, de menos pretensiones.

Chubasco es algo alegremente próximo.

 

¿Se disgusta? Llovizna entonces: es como una fina

lámina, transparente como el velo de una niña.

Tiene un poco de bruma, más ligera.

Se alza, y enseguida se ve mejor la tarde.

 

O aguacero, cubano, hecho de nada y prisa.

Irrumpe, alegre y hondo, saca su olor al borde

de la calle. Limpia, y cesa de súbito

igual que entró. ¡Qué gusto su visita!

 

Luego está el chaparrón. ¿Qué, grosero, interrumpe

a la madre que vuelve cansada del trabajo

retardando el regreso? ¿Pero y los chiquillos

que se empapan, que juegan? Chaparrón es delicia.

 

En fin, me rindo. Lluvia: es un clásico.

Esa sonoridad no la mejora nadie. Y luego es un problema

también de tiempo. Lluvia es algo más lento,

más íntimo. Vidriera de niños, lluvia es que está lloviendo.

 

Agua, arriba y abajo, dentro, afuera,

lenta, impetuosa, terca, que prosigues

sin fin, por siempre, por sobre toda pérdida.

¿Qué sabes, agua? Por favor, no lo digas.

 

Fina García Marruz.

Poeta e investigadora cubana nacida en el año 1923. Ha recibido numerosas distinciones, entre las que destacan el Premio Nacional de Literatura de su país (1990), el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2007) y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2011). Participó en el grupo Orígenes durante los años 1944-1956. Este poema pertenece a sus “Nociones elementales y algunas elegías”, a la parte final que llama “Segundas partes…”

¿Qué sabes, agua? Los lugares comunes  se encuentran por todos lados, son fáciles de utilizar y evocan una carga completa por sí mismos, una chispa que no es nuestra: son un plagio, en primera instancia, de la naturaleza; luego, de toda la historia del arte anterior a nosotros. Sin duda son, en muchos casos, palabras con una sonoridad inmejorable, aunque generales. Quizás, en ocasiones, conviene ir un poco más allá y pensar más en lo que queremos describir: una tormenta, un chubasco, un chaparrón, un palo de agua o un aguacero. Son sutiles sus diferencias, diferencias que inclusive puede que el mismo diccionario no delimite, pero que sabemos distintas, que hemos vivido de manera diferente y que generan algo particular en nosotros y en nuestra memoria.

El poema es un soliloquio en el que se explora la diferencia en algunos de los nombres del agua. Sin duda lluvia es una palabra hermosa, un genérico evocador que permite que nuestra imaginación vuele. Ensayemos otras palabras, hablemos de lo que sabe el agua, del significado secreto, íntimo, de cada uno de sus nombres.

@SaetasdeLuis

58. La noche, el porche

Poema #58.

La noche, el porche.

Mirar al vacío es aprender de memoria

el lugar donde todos habremos de terminar, y quedarnos al descubierto

ante el viento es sentir lo inasible en algún lugar cercano.

Los árboles pueden mecerse o estar quietos. El día o la noche pueden ser lo que deseen.

Lo que deseamos, más que una estación o un clima, es el consuelo

de ser extraños, al menos ante nosotros mismos. Éste es el quid

del asunto. Incluso ahora parece que esperamos algo

cuya aparición sería su desaparición, el sonido, digamos,

de unas pocas hojas que caen, o simplemente una hoja, o menos.

No hay fin a lo que podemos aprender. El libro allá afuera

nos lo dice, y nunca fue escrito con nosotros en mente.

Mark Strand.

Nació en Prince Edward Island, Canadá, aunque de nacionalidad estadounidense (1934). Publiqué otro de sus poemas aquí. Fue designado Poeta Laureado de Estados Unidos por la Biblioteca del Congreso en 1990  y, entre otros premios, recibió el Premio Pulitzer por su libro “Blizzard of one” al que pertenece este poema. Vive en Nueva York, donde es profesor de la Universidad de Columbia.

“Incluso ahora parece que esperamos algo”, ¿qué? Estamos siempre a la expectativa, de que el poema genere algo en nosotros, de que el comentario nos responda algo, de que suceda algo. “No hay fin a lo que podemos aprender”, una imagen recurrente en la poesía de Strand es la de la vida como un libro, “el libro” que nos habla, que existe y en el que sólo somos unos personajes pasajeros, que continúa siempre y en el que sólo somos una breve aparición, el libro “nunca fue escrito con nosotros en mente”, como si eso, también, nos permitiera escapar a las palabras que ya están escritas y anotar, nosotros mismos, nuestra colaboración en ese libro que, de seguro, muchos desearíamos encontrar y hojear. El vacío siempre está ahí, la página en blanco, la incertidumbre y el lugar en el que terminaremos, quizás por eso cuando nos asomamos al vacío lo sentimos, también, dentro de nosotros.

@SaetasdeLuis