144. Terredad

Poema #144.

Terredad.

 

Estar aquí por años en la tierra,

con las nubes que lleguen, con los pájaros,

suspensos de horas frágiles.

A bordo, casi a la deriva,

más cerca de Saturno, más lejanos,

mientras el sol da vuelta y nos arrastra

y la sangre recorre su profundo universo

más sagrado que todos los astros.

 

Estar aquí en la tierra: no más lejos

que un árbol, no más inexplicables;

livianos en otoño, henchidos en verano,

con lo que somos o no somos, con la sombra,

la memoria, el deseo, hasta el fin

(si hay un fin) voz a voz,

casa por casa,

sea quien lleve la tierra, si la llevan,

o quien la espere, si la aguardan,

partiendo juntos cada vez el pan

en dos, en tres, en cuatro,

sin olvidar la parte de la hormiga

que siempre viaja de remotas estrellas

para estar a la hora en nuestra cena,

aunque las migas sean amargas.

 

Eugenio Montejo.

Hemos publicado varios posts sobre Eugenio Montejo. Fue redactor-fundador de las revistas Zona Tórrida y Poesía. Habló de la poesía como “la última religión que nos queda”, y dice en una entrevista que le hizo Miguel Szinetár que es un “substratum de lo que fue en algún tiempo lo sagrado en la tierra. Una especie de isla de salvación, de conexión con algo arcaico que hace que el hombre sea hombre y que ha desaparecido o tiende a desaparecer. Pero también la poesía se experimenta como maldición, como esclavitud de las palabras. Entre esos dos polos uno oscila.”

La terredad es un concepto y un tema que se siente profundamente arraigado en su obra, así como las imágenes de la Tierra (como planeta) y la tierra (como conexión inmediata, elemento), tanto así que llega a afirmar en otro poema que “a veces creo que soy un árbol”, y en un día para celebrar a la Tierra, para recordar sus bendiciones y su presencia, siempre sólida debajo de nosotros, es inevitable pensar en Eugenio Montejo. Estamos aquí, por años y a la deriva, “no más lejos que un árbol, no más inexplicables”, y nuestra presencia resulta igual de importante que la de la hormiga que viaja hasta nuestro encuentro, que las migas que reparte el universo, aunque sean amargas. Estamos en la Tierra, y eso es todo; estamos, somos.

@SaetasdeLuis

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98. Caracas

Poema #98.

Caracas.

 

Tan altos son los edificios

que ya no se ve nada de mi infancia.

Perdí mi patio con sus lentas nubes

donde la luz dejó plumas de ibis,

egipcias claridades,

perdí mi nombre y el sueño de mi casa.

Rectos andamios, torre sobre torre,

nos ocultan ahora la montaña.

El ruido crece a mil motores por oído,

a mil autos por pie, todos mortales.

Los hombres corren detrás de sus voces

pero las voces van a la deriva

detrás de los taxis.

Más lejana que Tebas, Troya, Nínive

y los fragmentos de sus sueños,

Caracas, ¿dónde estuvo?

Perdí mi sombra y el tacto de sus piedras,

ya no se ve nada de mi infancia.

Puedo pasearme ahora por sus calles

a tientas, cada vez más solitario;

su espacio es real, impávido, concreto,

sólo mi historia es falsa.

 

Eugenio Montejo.

Ya hemos publicado anteriormente poemas de Montejo en Trazos de la memoria. Poeta y ensayista venezolano, nació en Caracas en 1938 y murió en Valencia en 2008. En 1998 le fue concedido el Premio Nacional de Literatura. Fue fundador de muchos proyectos importantes como las revistas “Poesía” y “Zona Tórrida” de la Universidad de Carabobo. Publicó más de diez libros de poesía, incluyendo algunos bajo heterónimos como Sergio Sandoval, Tomás Linden, Blas Coll y Eduardo Polo. El poema de hoy pertenece a su poemario Terredad.

Caracas… “esa maravillosa equivocación española”, como la llama Cabrujas en cierta ocasión. Hay tanto que decir sobre esta ciudad que es caos y cuyo único punto cierto parece ser el Ávila. Todo lo demás se deshace, cambia, se destruye… Y quizás nos preguntamos si no somos nosotros los que nos deshacemos en esta ciudad, y nuestra historia se vuelve falsa al no encontrar ya las señas de nuestra memoria. Ese parque infantil donde nos caímos, esa calle donde dimos nuestro primer beso, el lugar donde trabajamos por primera vez, todo eso se va desmoronando con el paso inexorable de Caracas, todo eso se pierde. Se pierden los patios, las calles, las casas. Todo se deconstruye y va ocultando, con edificios cada vez más altos y más hostiles, eso único que nos hace reconocernos en Caracas: la montaña. Caracas, ¿dónde estuvo? La ciudad en nuestra memoria es una ciudad diferente a la que recorremos. Cada vez estamos más aislados, cada vez la ciudad se concreta, cada vez nuestra historia se difumina más, mientras seguimos caminando…

@SaetasdeLuis

14. Creo en la vida

Poema #14.

Creo en la vida.

Creo en la vida bajo forma terrestre,

tangible, vagamente redonda,

menos esférica en sus polos,

por todas partes llena de horizontes.

 

Creo en las nubes, en sus páginas

nítidamente escritas,

y en los árboles, sobre todo en otoño.

(A veces creo que soy un árbol.)

 

Creo en la vida como terredad,

como gracia o desgracia.

-Mi mayor deseo fue nacer,

a cada vez aumenta.

 

Creo en la duda agónica de Dios,

es decir, creo que no creo,

aunque de noche, solo,

interrogo a las piedras,

pero no soy ateo de nada

salvo de la muerte.

 

Eugenio Montejo.

Poeta y ensayista venezolano, nació en Caracas en 1938 y murió en Valencia en 2008. En 1998 le fue concedido el Premio Nacional de Literatura. Fue fundador de muchos proyectos importantes como las revistas “Poesía” y “Zona Tórrida” de la Universidad de Carabobo. Publicó más de diez libros de poesía, incluyendo algunos bajo heterónimos como Sergio Sandoval, Tomás Linden, Blas Coll y Eduardo Polo. Creo en la vida se encuentra en su poemario “Terredad” de 1978. El concepto de terredad que desarrolla Montejo en su poesía es muy interesante y apasionante, así como su relación con la tierra en muchos de sus poemas.

Eugenio Montejo dice en un poema de “Adiós al siglo XX” (1992) que el poema “es casi una oración atea, pero es una oración”. Creo en la vida es, indudablemente, un credo, una conexión con lo divino que puede existir (¿la poesía, esa última religión que nos queda?), con la terredad. Yo considero que la lectura de poesía bien realizada, con pasión, crea un tiempo sagrado, nos conecta con las palabras, con nosotros, con eso que está más allá de las capas superficiales de nuestra cotidianidad, nos confronta. La poesía genera, entonces, reacciones, movimientos, sacudidas, enfrentamientos.

Creer para ver. Creer y crear. Creer en la vida, celebrar la vida, la existencia de cada uno de los instantes que suceden, “como gracia o desgracia”. El poema es una postura ante la existencia, y una elección, la elección de la vida que “a cada vez aumenta”. La terredad está presente, las nubes, los árboles, y la duda que nos permite expandir nuestras perspectivas… “pero no soy ateo de nada / salvo de la muerte”, ese único final de la vida, la desconexión, puesto que todo lo que es vida, todo lo que es amor es conexión, existencia, relación entre todo lo que existe “bajo la forma terrestre”… Escoger la vida por encima de la muerte, con sus gracias y sus desgracias, y celebrarla en una oración, en el tiempo sagrado de la lectura del poema que nos revela una manera de vivir. La poesía requiere que creamos en ella y que creamos en nosotros. Crear y creer. Yo creo.

@SaetasdeLuis