486. Meditación en el umbral

Poema #486.

Meditación en el umbral.

 

No, no es la solución

tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoi

ni apurar el arsénico de Madame Bovary

ni aguardar en los páramos de Ávila la visita

del ángel con venablo

antes de liarse el manto a la cabeza

y comenzar a actuar.

Ni concluir las leyes geométricas, contando

las vigas de la celda de castigo

como lo hizo Sor Juana. No es la solución

escribir, mientras llegan las visitas,

en la sala de estar de la familia Austen

ni encerrarse en el ático

de alguna residencia de la Nueva Inglaterra

y soñar, con la Biblia de los Dickinson,

debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo que no se llame Safo

ni Mesalina ni María Egipciaca

ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre.

Otro modo de ser.

 

Rosario Castellanos.

Poeta, novelista y promotora cultural mexicana. Nació en la Ciudad de México el 25 de mayo de 1925. Estudió Filosofía y Letras. Fue galardonada con diversos premios entre los cuales destacan: Premio Xavier Villaurrutia 1961, Sor Juana Inés de la Cruz y  Premio Carlos Trouyet. Se le nombró embajadora de México en Israel de 1971 a 1974. Falleció en Tel Aviv, el 7 de agosto de 1974.

Revelar las lecturas, las filiaciones, en un poema. Poner en evidencia ese amor por ciertos textos, esa predilección, y reconocer también que no son la solución y la manera, que su vida tiene otro modo de ser, otra forma, otra voz. Partiendo de las referencias, de todas esas figuras femeninas que vivieron de una u otra manera, descubrir lo que no es, y acercarse a encontrar ese otro modo de ser humano y libre que sí es, para ella, el suyo.

@SaetasdeLuis

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475. Nostalgia

Poema #475

Nostalgia

Ahora estoy de regreso.
Llevé lo que la ola, para romperse, lleva
-sal, espuma y estruendo-,
y toqué con mis manos una criatura viva;
el silencio.

Heme aquí suspirando
como el que ama y se acuerda y está lejos.

Rosario Castellanos

Poeta, novelista y promotora cultural mexicana. Nació en la Ciudad de México el 25 de mayo de 1925. Estudió Filosofía y Letras. Dedicó una extensa parte de su obra y de sus energías a la defensa de los derechos de las mujeres, labor por la que es recordada como uno de los símbolos del feminismo latinoamericano. Falleció en Tel Aviv, el 7 de agosto de 1974. Publicada anteriormente en Trazos de la memoria.

¿Cuántas veces se rompe la ola contra la orilla? ¿Cuántas veces hemos tocado este silencio?

 @LauraAlessR

243. Revelación

Poema #243

Revelación

Lo supe de repente:
hay otro.
Y desde entonces duermo solo a medias
y ya casi no como.

No es posible vivir
con ese rostro
que es el mío verdadero
y que aún no conozco.

Rosario Castellanos

Poeta, novelista y promotora cultural mexicana. Nació en la Ciudad de México el 25 de mayo de 1925. Estudió Filosofía y Letras. Dedicó una extensa parte de su obra y de sus energías a la defensa de los derechos de las mujeres, labor por la que es recordada como uno de los símbolos del feminismo latinoamericano. Falleció en Tel Aviv, el 7 de agosto de 1974. Publicada anteriormente en Trazos de la memoria.

Saberse. Personas que son un vasto océano, profundas, diversas e incontables. Su reflejo en el espejo no bastaría para describirlas. A veces esas personas se descubren, un día cualquiera, reconocen las posibilidades infinitas de su ser y temen. Recuerdo las fosas oceánicas, esos lugares misteriosos, donde posiblemente reposen incontables maravillas aún no descubiertas. El mundo, la naturaleza, tiene sus secretos. La naturaleza del hombre, su instinto, su cuerpo, su mente, guarda también lugares profundos.  Podríamos vivir siempre lejos de las fosas oceánicas, pero qué tan lejos se puede vivir de uno mismo.

@LauraAlessR

183. Trayectoria del polvo

Poema #183

Trayectoria del polvo

VII
He aquí que la muerte tarda como el olvido.
Nos va invadiendo, lenta, poro a poro.
Es inútil correr, precipitarse,
huir hasta inventar nuevos caminos
y también es inútil estar quieto
sin palpitar siquiera para que nos oiga.

Cada minuto es la saeta en vano
disparada hacia ella,
eficaz al volver contra nosotros.

Inútil aturdirse y convocar a la fiesta
pues cuando regresamos, inevitablemente,
alta la noche, al entreabrir la puerta
la encontramos inmóvil esperándonos.

Y no podemos escapar viviendo
porque la vida es una de sus máscaras.

Y nada nos protege de su furia
ni la humildad sumisa hacia su látigo
ni la entrega violenta
al círculo cerrado de sus brazos.

Rosario Castellanos

Poeta, novelista y promotora cultural mexicana. Nació en la Ciudad de México el 25 de mayo de 1925. Estudió Filosofía y Letras. Fue galardonada con diversos premios. Falleció en Tel Aviv, el 7 de agosto de 1974. Anteriormente publicados aquí: “Ajedrez” y “Lamentaciones de Dido”

En la mitad. Allí, entre la conciencia y el olvido se siente el borde final.  Cómo se debe vivir, cómo se debe morir, trayectoria entre amasarse y deshacerse. La muerte espera toda la vida y aunque nada nos protege de su furia, imaginar que termina en un abrazo cerrado serena un alma sedienta de vida.  En cualquier dirección los caminos van hacia ella. Es el final ineludible, ese punto que añoran los dioses. Y llegará y lo tomará todo. Ella tendrá la vastedad de mis días y yo,  su abrazo infinito.

@LauraAlessR

75. Lamentaciones de Dido

Poema #75

Lamentaciones de Dido

Guardiana de las tumbas; botín para mi hermano, el de la corva garra de gavilán;
nave de airosas velas, nave graciosa, sacrificada al rayo de las tempestades;
mujer que asienta por primera vez la planta del pie en tierras desoladas
y es más tarde nodriza de naciones, nodriza que amamanta con leche de sabiduría y de consejo;
mujer siempre, y hasta el fin, que con el mismo pie de la
sagrada peregrinación
sube -arrastrando la oscura cauda de su memoria-
hasta la pira alzada del suicidio.

Tal es el relato de mis hechos. Dido mi nombre. Destinos
como el mío se han pronunciado desde la Antigüedad con palabras hermosas y nobilísimas.
Mi cifra se grabó en la corteza del árbol enorme de las tradiciones.
Y cada primavera, cuando el árbol retoña,
es mi espíritu, no el viento sin historia, es mi espíritu el que estremece y el que hace cantar su follaje.

Y para renacer, año con año,
escojo entre los apóstrofes que me coronan, para que resplandezca con un resplandor único,
éste, que me da cierto parentesco con las playas:
Dido, la abandonada, la que puso su corazón bajo el hachazo de un adiós tremendo.

Yo era lo que fui: mujer de investidura desproporcionada con la flaqueza de su ánimo.
Y, sentada a la sombra de un solio inmerecido,
temblé bajo la púrpura igual que el agua tiembla bajo el légamo.
Y para obedecer mandatos cuya incomprensibilidad me sobrepasa recorrí las baldosas de los pórticos con la balanza de la justicia entre mis manos
y pesé las acciones y declaré mi consentimiento para algunas -las más graves-.

Esto era en el día. Durante la noche no lo copa del festín, no la alegría de la serenata, no el sueño deleitoso.
Sino los ojos acechando en la oscuridad, la inteligencia batiendo la selva intrincada de los textos
para cobrar la presa que huye entre las páginas.
Y mis oídos, habituados a la ardua polémica de los mentores,
llegaron a ser hábiles para distinguir el robusto sonido del oro
del estrépito estéril con que entrechocan los guijarros.

De mi madre, que no desdeñó mis manos y que me las ungió desde el amanecer con la destreza,
heredé oficios varios; cardadora de lana, escogedora del fruto que ilustra la estación y su clima,
despabiladora de lámparas.

Así pues tomé la rienda de mis días: potros domados, conocedores del camino, reconocedores de la querencia.
Así pues ocupé mi sitio en la asamblea de los mayores.
Y a la hora de la partición comí apaciblemente el pan que habían amasado mis deudos.
Y con frecuencia sentí deshacerse entre mi boca el grano de sal de un acontecimiento dichoso.

Pero no dilapidé mi lealtad. La atesoraba para el tiempo de las lamentaciones,
para cuando los cuervos aletean encima de los tejados y mancillan la transparencia del cielo con su graznido fúnebre;
para cuando la desgracia entra por la puerta principal de las mansiones
y se la recibe con el mismo respeto que a una reina.

De este modo transcurrió mi mocedad: en el cumplimiento de las menudas tareas domésticas; en la celebración de los ritos cotidianos; en la asistencia a los solemnes acontecimientos civiles.

Y yo dormía, reclinando mi cabeza sobre una almohada de confianza.
Así la llanura, dilatándose, puede creer en la benevolencia de su sino,
porque ignora que la extensión no es más que la pista donde corre, como un atleta vencedor,
enrojecido por el heroísmo supremo de su esfuerzo, la llama del incendio.
Y el incendio vino a mí, la predación, la ruina, el exterminio
¡y no he dicho el amor!, en figura de náufrago.

Esto que el mar rechaza, dije, es mío.
Y ante él me adorné de la misericordia como del brazalete de más precio.
Yo te conjuro, si oyes a que respondas: ¿quién esquivó la adversidad alguna vez? ¿Y quién tuvo a desdoro llamarle huésped suya y preparar la sala del convite?
Quien lo hizo no es mi igual. Mi lenguaje se entronca con el de los inmoladores de sí mismos.

El cuchillo bajo el que se quebró mi cerviz era un hombre llamado Eneas.
Aquel Eneas, aquel, piadoso con los suyos solamente;
acogido a la fortaleza de muros extranjeros; astuto, con astucias de bestia perseguida;
invocador de númenes favorables; hermoso narrador de infortunios y hombre de paso; hombre con el corazón puesto en el futuro.
-La mujer es la que permanece; rama de sauce que llora en las orillas de los ríos-.

Y yo amé a aquel Eneas, a aquel hombre de promesa jurada ante otros dioses.

Lo amé con mi ceguera de raíz, con mi soterramiento de raíz, con mi lenta fidelidad de raíz.

No, no era la juventud. Era su mirada lo que así me cubría de florecimientos repentinos. Entonces yo fui capaz de poner la palma de mi mano, en signo de alianza, sobre la frente de la tierra. Y vi acercarse a mí, amistadas, las especies hostiles. Y vi también reducirse a número los astros. Y oí que el mundo tocaba su flauta de pastor.

Pero esto no era suficiente. Y yo cubrí mi rostro con la máscara nocturna del amante.
Ah, los que aman apuran tósigos mortales. Y el veneno enardeciendo su sangre, nublando sus ojos, trastornando su juicio, los conduce a cometer actos desatentados; a menospreciar aquello que tuvieron en más estima; a hacer escarnio de su túnica y a arrojar su fama como pasto para que hocen los cerdos.
Así, aconsejada de mis enemigos, di pábulo al deseo y maquiné satisfacciones ilícitas y tejí un espeso manto de hipocresía para cubrirlas.

Pero nada permanece oculto a la venganza. La tempestad presidió nuestro ayuntamiento; la reprobación fue el eco de nuestras decisiones.

Mirad, aquí y allá, esparcidos, los instrumentos de la labor. Mirad el ceño del deber defraudado. Porque la molicie nos había reblandecido los tuétanos.
Y convertida en antorcha yo no supe iluminar más que el desastre.

Pero el hombre está sujeto durante un plazo menor a la embriaguez.
Lúcido nuevamente, apenas salpicado por la sangre de la víctima,
Eneas partió.

Nada detiene al viento. ¡Cómo iba a detenerlo la rama de sauce que llora en las orillas de los ríos!

En vano, en vano fue correr, destrenzada y frenética, sobre las arenas humeantes de la playa.

Rasgué mi corazón y echó a volar una bandada de palomas negras. Y hasta el anochecer permanecí, incólume como un acantilado, bajo el brutal abalanzamiento de las olas.

He aquí que al volver ya no me reconozco. Llego a mi casa y la encuentro arrasada por las furias. Ando por los caminos sin más vestidura para cubrirme que el velo arrebatado a la vergüenza; sin otro cíngulo que el de la desesperación para apretar mis sienes. Y, monótona zumbadora, la demencia me persigue con su aguijón de tábano.

Mis amigos me miran al través de sus lágrimas; mis deudos vuelven el rostro hacia otra parte. Porque la desgracia es espectáculo que algunos no deben contemplar.

Ah, sería preferible morir. Pero yo sé que para mí no hay muerte.
Porque el dolor -¿y qué otra cosa soy más que dolor?- me ha hecho eterna.

Rosario Castellanos

Poeta, novelista y promotora cultural mexicana. Nació en la Ciudad de México el 25 de mayo de 1925. Estudió Filosofía y Letras. Fue galardonada con diversos premios. Falleció en Tel Aviv, el 7 de agosto de 1974. Anteriormente se publicó un poema de ella aquí.

Este poema nace de la historia de amor entre Dido y Eneas. La cual se encuentra en la “Eneida” de Virgilio.  Este poema evoca los sentimientos de una mujer entregada a la pasión amorosa. Una mujer que se reconoce ante todo y todos, amante. Ella se consume literalmente en el fuego del amor y la pasión. Enamorada de un hombre de promesa jurada a los dioses, abrasada por el deseo debe aceptar la partida de su amor y de su honra.

“Esto que el mar rechaza, dije, es mío.” y allí se abrió paso el destino. Es que,  naturalmente, por ser opuestos el agua y el fuego se desean. El mar lo trajo porque anhela  presenciar el espectáculo del fuego.  Y allí, ante el mar, Eneas se aleja de Dido y ella corre, corre a cumplir con su misión como amante: arder.

@LauraAlessR

17. Ajedrez

Poema #17

Ajedrez

Porque éramos amigos y a ratos, nos

amábamos;

quizá para añadir otro interés

a los muchos que ya nos obligaban

decidimos jugar juegos de inteligencia.

………………………………………….

Pusimos un tablero enfrente

equitativo en piezas, en valores,

en posibilidad de movimientos.

Aprendimos las reglas, les juramos respeto

y empezó la partida.

……………………………………………..

Henos aquí hace un siglo, sentados,

meditando encarnizadamente

como dar el zarpazo último que aniquile

de modo inapelable y, para siempre, al otro.

……………………………………

Rosario Castellanos

Poeta, novelista y promotora cultural mexicana. Nació en la Ciudad de México el 25 de mayo de 1925. Estudió Filosofía y Letras. Fue galardonada con diversos premios entre los cuales destacan: Premio Xavier Villaurrutia 1961, Sor Juana Inés de la Cruz y  Premio Carlos Trouyet. Se le nombró embajadora de México en Israel de 1971 a 1974. Falleció en Tel Aviv, el 7 de agosto de 1974.

Y todo comienza por decidir…. “jugar juegos de inteligencia”, donde la razón debe ganarle, por obligación al instinto. Hay juegos donde la equidad de reglas, valores y movimientos garantizan que los jugadores sufran una derrota, ambos.  Es quizás más conveniente, dentro de este tipo de juegos, que uno de los jugadores tenga ventaja así, por lo menos, uno de ellos puede salir ganando.

Concentrada la lógica y el interés en simplemente derrotar al otro, se ha escapado el tiempo. El “a ratos…” se convirtió en un siempre, en un inapelable jaque mate. Siento que se torna entonces, en una necesidad de final. Lo que debía ser llama para calentar los ratos de frío se hizo lucha de contrarios. Ya no son una misma llama, el elemento se desmaterializa, lo que debía unir en uno se descompone en dos. En dos que establecen una guerra con igualdad de reglas, elementos con igual de potencia, que al final no logran ni fundirse ni destruirse.

En realidad hay juegos sin reglas y sin movimientos específicos, donde el deseo y la pasión deberían ser los únicos jugadores. Un juego donde no está uno en contra de otro, sino dos haciéndose en un elemento.  En el juego del amor, el juego del fuego, no hay tablero que valga.

@LauraAlessR