460. Perdido de amor

Poema #460.

Perdido de amor.

 

La fatiga, la inmensa

fatiga de los días repetidos.

(Toda alegría supone

algo de heroísmo.)

 

Admirable enemiga,

de ti nazco sufriendo.

(Arder: Así me miento

un alma iluminada.)

 

Y vivo de la muerte

que me das sonriendo,

y muero en la dulzura

de tu vago silencio.

 

Amada, amada mía,

alta llama en el tiempo,

tú creas melodías

con pausas y secretos.

 

Y el hastío se alarga

de pronto en formas dulces,

y los días se nombran

según un sentimiento.

 

Gabriel Celaya.

Su nombre real fue Rafael Múgica (1911-1991), poeta español de la generación literaria de posguerra. Presionado por su padre, vivió en Madrid donde inició sus estudios de ingeniería y conoció a la generación del 27 y otros intelectuales que lo inclinaron hacia la literatura. En 1956 obtuvo el Premio de la Crítica por su libro “De claro en claro” y en 1986 recibió el Premio Nacional de las Letras Españolas.

La contradicción, ¿qué sería del amor sin ella? Algo de heroismo y enemistad, de amistad y cobardía. La llama, el fuego, que da alegría y la quita. La belleza de los opuestos vistos más allá del bien y del mal, más allá de lo correcto y lo correcto, más allá de todo, a la luz de una llama, de la llama en la que nos perdemos de amor.

@SaetasdeLuis

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428. Laberinto

Poema #428.

Laberinto.

 

Yo he bebido aguas de oro de la mujer amada

Yo he bebido sangre sudor y lágrimas

de la amistad de la mujer amada

Vapuleado por los celos y las incomprensiones

he bajado a los dos infiernos y he visto

una gran sombra y una puerta secreta

 

Víctor Valera Mora.

Poeta venezolano, nació en Valera en 1935 y falleció en Caracas en 1984. Se graduó en sociología por la Universidad Central de Venezuela, en 1961. Durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez estuvo preso durante cinco años por motivos políticos. También fue miembro fundador de la Pandilla de Lautréamont. En 1969 reside en Mérida, donde trabaja por un tiempo en la Dirección de Cultura de la Universidad de los Andes.

Desciende uno y se pierde en el laberinto, deseando tener la fortuna de poder seguir el hilo de Ariadna, luz suficiente en la desorientada oscuridad a la que se baja vapuleado. Ronda por ahí una gran sombra, y parece haber muchos más caminos de los que vemos. Estamos, sin duda, en un laberinto.

@SaetasdeLuis