594. Cobardía

Poema #594.

Cobardía.

 

Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza!

¡Qué rubios cabellos de trigo garzul!

¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza

de porte! ¡Qué formas bajo el fino tul…!

Pasó con su madre. Volvió la cabeza:

¡me clavó muy hondo su mirar azul!

 

Quedé como en éxtasis…

Con febril premura,

«¡Síguela!», gritaron cuerpo y alma al par.

…Pero tuve miedo de amar con locura,

de abrir mis heridas, que suelen sangrar,

¡y no obstante toda mi sed de ternura,

cerrando los ojos, la deje pasar!

 

Amado Nervo.

Poeta y prosista mexicano, considerado parte del movimiento modernista por su estilo y época. Nació en la ciudad de Tepic en 1870, y falleció en Montevideo, Uruguay, en el año 1919. Su poesía tenía, en muchas ocasiones, misticismo y tristeza que parecían matizar su vena modernista.

Vivimos en cobardía, admitámoslo. ¿Vivimos? Con esas ligeras historias que pasan y mueren antes de comenzar, con esos delirios cotidianos que se esfuman como niebla o rocío. Nos tragamos las palabras, y dejamos pasar fragmentos de la vida como pasan nubes por el cielo, aunque no las podamos olvidar.

@SaetasdeLuis

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166. Canción de la mañana

Poema #166.

Canción de la mañana.

 

El amor te puso a funcionar como un gordo reloj de oro.

La partera te palmoteó las plantas de los pies, y tu llanto calvo

se acomodó entre los elementos.

 

Nuestras voces resuenan, magnificando tu llegada. Nueva estatua.

En un museo de ráfagas, tu desnudez ensombrece

nuestra seguridad. Te rodeamos como paredes blanqueadas.

 

Soy tu madre tanto

como lo es la nube que destila un espejo para reflejar su propio

desvanecimiento a manos de la lentitud del viento.

 

Toda la noche tu aliento de polilla

jadea entre el opaco rosado de las rosas. Me despierto a escuchar:

un lejano mar se revuelve en mi oído.

 

Un llanto, y me levanto de la cama, con una pesadez vacuna y floral

en mi bata Victoriana.

Tu boca se abre tan limpia como la de un gato. El marco de la ventana

 

palidece y se traga sus estrellas lánguidas. Y ahora ensayas

tus escasas notas;

las claras vocales se elevan como globos.

 

Sylvia Plath.

Poeta y ensayista norteamericana. Nació en Boston en 1932 y se suicidó en Londres en 1963. Presentó un severo trastorno bipolar que la condujo a su primer intento de suicido a los 17 años, y posteriormente a un intenso tratamiento psicológico. Se casó con Ted Hughes, de quien se divorció en 1962 y quien, luego de su muerte, promovería su obra. Fue la primera poeta en recibir post-mortem el premio Pulitzer por el conjunto de su obra. Se le suele adscribir a la llamada “poesía confesional” en su país.

Desde la perspectiva de la madre, la escritora nos relata lo que siente ante el nacimiento de uno de sus hijos. No trata, en este poema, el tema de la muerte que tanto la obsesiona, sino todo lo contrario: la vida surgiendo, y el amor que la hace funcionar. Absolutamente confesional, nos expresa esos primeros momentos en los que amanece una vida, y lo que conlleva todo el nuevo descubrimiento de ese “llanto calvo” que se acomoda entre los elementos. Gracias, madres, por darnos la vida, y por hacernos ser quienes somos. El amor es lo que nos pone a funcionar.

@SaetasdeLuis

72. La casa del viento

Poema #72.

La casa del viento.

La casa de mi madre

aún no tiene nombre.

¿Cómo aprenderé a rezar?

¿A quién le ofrezco el dolor de cabeza?

Canto descalza,

repito secretos a los santos,

enciendo velas expuestas al amanecer,

atravieso la humedad de la vigilia,

el olor del milagro.

Coloco una taza de café sobre la mesa.

Observo

cómo la luz de su rostro

mueve las sábanas,

alivia mi cuerpo.

Erika Reginato.

Caracas, Venezuela, 1977. Es poeta, ensayista y traductora. Graduada en Letras de la Universidad Central de Venezuela. Ha publicado un libro de ensayos llamado “Cuatro estacionees para Ungaretti” (2004) y varios poemarios.

El poema me gusta especialmente porque me hace pensar en un cuadro impresionista. “La madre del pintor”, de Toulouse Lautre, pintado en 1882, mantiene una incertidumbre similar a la que genera el poema. Uno está en la casa de la madre del artista, ese lugar que debería ser nítido y seguro, pero que en ambas representaciones se difumina, conlleva dudas. Las luces, la vigilia, el amanecer, todas estas señales parecen indicar a un momento neutro del día en el que la madre detiene sus faenas para disfrutar de una pequeña calma.

Pintura impresionista de 1882
La madre detiene su vigilia, sus faenas, para dedicarse a su taza de café.

 La figura de la madre resulta iluminadora, sanadora: “la luz de su rostro mueve las sábanas, alivia mi cuerpo”. La blancura en la pintura de Lautrec, el brillo en su rostro resaltan una pureza similar, ante la madre que podría haber pasado una noche de vigilia cuidándonos un dolor de cabeza o un malestar, y que descansa finalmente en la calma del amanecer para acercarse a esa taza de café que reposa en la mesa y en la que concentra toda su atención en el momento de la pintura; el artista (la escritora o el pintor) la observan con admiración y agradecimiento, en la casa del viento que cobra cuerpo en la figura materna.

@SaetasdeLuis