582. El consenso público

Poema #582.

El consenso público.

 

¿No es más bella la vida de mi corazón

desde que amo? ¿Por qué me distinguíais más

cuando yo era más arrogante y arisco,

más locuaz y más vacío?

 

¡Ah! La muchedumbre prefiere lo que se cotiza,

las almas serviles sólo respetan lo violento.

Únicamente creen en lo divino

aquellos que también lo son.

 

Friedrich Hölderlin.

Poeta lírico alemán nacido en 1770. Falleció en 1843. Su poesía, se dice, acoge la tradición clásica y la funde con el romanticismo alemán. Estudió Teología y Filosofía, trabajó como profesor particular y como traductor de autores clásicos como Sófocles y Píndaro. Desde 1802 su salud mental comenzó a empeorar y, tras ser declarado enfermo incurable alrededor de 1807, pasó al cuidado de un ebanista entusiasta de la lectura de una de sus obras más conocidas, Hiperión, quien lo acogió en su casa donde vivió hasta su muerte.

¿Será esto de consenso público? El consenso suele depender de a quiénes se les pregunte. ¿Podemos concordar en planteamientos universales? Escuchemos las afirmaciones y las dudas del poema, repitámoslas, y busquemos los motivos de cada una de ellas en nuestra cotidianidad.

@SaetasdeLuis

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562. Mujeres

Poema #562.

Mujeres.

 

La mujer imposible,

la mujer de dos metros de estatura,

la señora de mármol de Carrara

que no fuma ni bebe,

la mujer que no quiere desnudarse

por temor a quedar embarazada,

la vestal intocable

que no quiere ser madre de familia,

la mujer que respira por la boca,

la mujer que camina

virgen hacia la cámara nupcial

pero que reacciona como hombre,

la que se desnudó por simpatía

porque le encanta la música clásica

la pelirroja que se fue de bruces,

la que sólo se entrega por amor

la doncella que mira con un ojo,

la que sólo se deja poseer

en el diván, al borde del abismo,

la que odia los órganos sexuales,

la que se une sólo con su perro,

la mujer que se hace la dormida

(el marido la alumbra con un fósforo)

la mujer que se entrega porque sí

porque la soledad, porque el olvido…

la que llegó doncella a la vejez,

la profesora miope,

la secretaria de gafas oscuras,

la señorita pálida de lentes

(ella no quiere nada con el falo)

Todas estas walkirias

todas estas matronas respetables

con sus labios mayores y menores

terminarán sacándome de quicio.

 

Nicanor Parra.

 

Nació en 1914, en Chile. Poeta, matemático y físico, ha escrito también cuentos y ensayos. Es considerado el creador de la antipoesía, y ha recibido numerosos premios como el Premio Nacional de Literatura de su país, en 1969, y el Premio Cervantes, en 2011. Durante un tiempo vivió en Estados Unidos e Inglaterra, gracias a distintas becas.

Ennumerar, clasificar y desbordar. El ejercicio poético que extrae del murmullo constante algunas palabras, que podría extenderse hasta de forma infinita hacia adelante o hacia atrás. El don del poeta está en seleccionar y articular ese fragmento que extrae y plasma en el texto. ¿Cómo no perder el quicio, el juicio y la cordura?

392. Olmo

Poema #392.

Olmo.

Para Ruth Fainlight

 

Conozco el fondo, dice ella. Lo conozco con mi gran raíz labrada:

es lo que temes.

Yo no le temo: he estado allí.

 

¿Será el mar lo que oyes dentro de mí,

sus desazones?

¿O la voz de nada, que fue tu locura?

 

El amor es una sombra.

Cómo mientes y gimes por él

escucha: he aquí sus cascos: se fue, como un corcel.

 

Galoparé así toda la noche, impetuosamente,

hasta que tu cabeza sea una roca, tu almohada un prado pequeño,

resonando, resonando.

 

¿O prefieres que traiga el sonido de venenos?

He aquí la lluvia, con su gran sigilo.

Y aquí su fruto: blanco de estaño, como arsénico.

 

He sufrido la atrocidad de los atardeceres.

Calcinada hasta la raíz

mis filamentos rojos arden erguidos, un manojo de cables.

 

Ahora me fragmento en trozos que revolotean como estacas.

Un viento de tanta violencia

no tolerará espectador alguno: tengo que gritar.

 

La luna, también es despiadada: me arrastraría

con crueldad, por ser estéril.

Su fulgor me calcina. O quizás la he agarrado.

 

La suelto. La suelto

consumida y llana, como salida de cirugía mayor.

Cómo me poseen y dotan tus malos sueños.

 

Estoy habitado por un grito.

Cada noche alza vuelo

buscando, con sus ganchos, algo que amar.

 

Me horroriza este objeto oscuro

que duerme en mí;

el día entero siento sus suaves contornos emplumados, su malignidad.

 

Pasan nubes y se dispersan.

¿Serán aquellos los rostros del amor, aquellas palideces irrecuperables?

¿Será a causa de ellos que se agita mi corazón?

 

Soy incapaz de mayor sabiduría.

¿Qué es esto, este rostro

tan homicida en su ahogo enramado?

 

Sus ácidos viperinos besan.

Petrifica la voluntad. Estos son los errores aislados y lentos,

que matan, que matan, que matan.

 

Sylvia Plath.

 

Poeta y ensayista norteamericana. Nació en Boston en 1932 y se suicidó en Londres en 1963. Se casó con el poeta Ted Hughes en 1956 y se divorciaron en 1962, éste luego se encargó de promover la obra de Plath. Fue la primera poeta en recibir post-mortem el Premio Pulitzer.

¿Qué significa, si algo, el Olmo? Un gran árbol, imponente, que ha visto tanto, que conoce tanto, y que aún así ha padecido la dureza de ver su especie diezmada por la enfermedad. ¿Qué es la vida, la locura, el amor? Una imagen que nos habla de nosotros mismos, la naturaleza que nos responde lo que no preguntamos, que nos interpela sobre lo que somos, fuimos y podemos ser.

@SaetasdeLuis

292. La voz

Poema #292.

La voz.

 

Yo dormía en mi cuna junto a la biblioteca,

una oscura Babel donde fábulas, libros

de novela y de ciencia, la ceniza latina

y el helénico polvo, se mezclaban. Yo era

alto como un infolio, y me hablaban dos voces:

Una, insidiosa y firme: ‘Es la tierra un pastel;

yo podría (¡y entonces tu placer fuera inmenso!)

darte tal apetito de medidas iguales.’

La otra voz: ‘¡Ven! ¡Oh, ven a viajar por los sueños,

más allá de las cosas conocidas, posibles!’

Y cantaba lo mismo que hace el viento en las playas,

plañidero fantasma que ha engendrado la noche

y acaricia el oído y no obstante lo asusta.

Respondí: ‘Dulce voz, sí.’ Aquel día nació

lo que puede llamarse esta herida, ¡ay de mí!,

y mi sino fatal. Veo tras decorados

de la inmensa existencia, en el más negro abismo,

claramente unos mundos singulares, y víctima

de una tal lucidez que me sume en el éxtasis,

me persiguen serpientes que me muerden los pies.

Desde entonces, igual que si fuese un profeta,

me enamoran sin límite el desierto y el mar;

y me río en los lutos y sollozo en las fiestas,

y un sabor suave encuentro en el vino más agrio;

tomo muy a menudo por mentiras los hechos,

y mirando a los cielos caigo en hoyos profundos.

Pero dice la voz, consolándome así:

‘¡No renuncies jamás a tus sueños, los cuerdos

nada saben del sueño admirable de un loco!’

 

Charles Baudelaire.

 

De este poeta francés (1821-1867), quien además fue crítico de arte y traductor hemos publicado varios de sus poemas en el blog. Algunos de ellos parte de sus Pequeños poemas en prosa, y otros tantos de sus Flores del mal. Hoy, de quien fue llamado por María Zambrano “padre de la poesía moderna”, publicamos un poema que suele acompañar algunas ediciones contemporáneas de las Flores del mal pero que pertenece a algunos poemas diversos del autor que se han encontrado y estudiado aparte.
Son muchas las voces y todas hablan de distinta manera y con constancia. El poeta, mientras tanto, escucha. Adquiere una disposición especial que le permite hacerle caso a lo que dice esa “dulce voz” y dejarse seducir por ella, por lo que ofrece; y cada voz -quizás la voz de un genio que acosa al atormentado, quizás la voz del inconsciente, quizás una admirable locura- tiene sus temas, sus palabras y su sino. Aún así, la locura del poeta, con su tormento particular, está poblada de sueños admirables, más allá de las cosas conocidas, sueños a los que no debe renunciar.

@SaetasdeLuis