530. [Llorar a lágrima viva]

Poema #530.

 

Llorar a lágrima viva.

Llorar a chorros.

Llorar la digestión.

Llorar el sueño.

Llorar ante las puertas y los puertos.

Llorar de amabilidad y de amarillo.

Abrir las canillas,

las compuertas del llanto.

Empaparnos el alma, la camiseta.

Inundar las veredas y los paseos,

y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.

Asistir a los cursos de antropología, llorando.

Festejar los cumpleaños familiares, llorando.

Atravesar el África, llorando.

Llorar como un cacuy, como un cocodrilo…

si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos

no dejan nunca de llorar.

Llorarlo todo, pero llorarlo bien.

Llorarlo con la nariz, con las rodillas.

Llorarlo por el ombligo, por la boca.

Llorar de amor, de hastío, de alegría.

Llorar de frac, de flato, de flacura.

Llorar improvisando, de memoria.

¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

 

Oliverio Girondo.

Poeta argentino (1891-1967) nacido en Buenos Aires, en el seno de una familia adinerada que le procuró una esmerada educación en importantes centros educativos europeos. Estudió Derecho y, muy pronto, a raíz de sus contactos con los poetas exponentes de la vanguardia europea, publicó en 1922 su primer libro de poemas, “Veinte poemas para ser leídos en el tranvía”.

Tomar cualquier cosa como un oficio, como un arte. Practicar y entregarse a ello con todo el cuerpo, todo el tiempo, todo el espacio. Es la única manera de volverse maestro en un arte, como también puede serlo llorar.

@SaetasdeLuis

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472. A Ajmátova

Poema #472.

A Ajmátova.

 

¡Oh musa del llanto, la más bella de las musas!

Oh loca criatura del infierno y de la noche blanca.

Tú envías sobre Rusia tus sombrías tormentas

y tu puro lamento nos traspasa como flecha.

 

Nos empujamos y un sordo ah

de mil bocas te jura fidelidad, Anna

Ajmátova. Tu nombre, hondo suspiro,

cae en es hondo abismo que carece de nombre.

 

Pisar la tierra misma que tú pisas, bajo tu mismo cielo;

Llevamos una corona.

Y aquél a que a muerte hieres a tu paso

yace inmortal en su lecho de muerte.

 

Sobre esta ciudad que canta brillan cúpulas,

y el vagabundo ciego canta loas al Señor…

Y yo, yo te ofrezco mi ciudad con sus campanas,

Ajmátova, y con ella te doy mi corazón.

 

Marina Tsvetáieva.

Poeta rusa, nace en Moscú en 1892 y fallece en 1941. Hija de un profesor especializado en Bellas Artes, estudió en Moscú y en La Sorbona. Vivió muchos años en el extranjero. Es considerada una de las figuras más relevantes de la literatura rusa del siglo XX.

Un retrato y una exaltación de otra gran poeta rusa, Anna Ajmátova, definiéndola con diversas características, entre ellas “musa del llanto”, a quien describe y agradece por su escritura, por sus luchas, por su compañía en una época cruel y difícil. Es una ventana, desde otra perspectiva, a la vida de Ajmátova, con los ojos de Tsvetáieva.

@SaetasdeLuis

313. Ciudad de bichos

Poema #313

Ciudad de bichos

Ciudad de bichos
retazos de alma inane
despojos de hiel
bosque de amazonas sin pechos
pradera de centauros requemados,

estoy condenado a amarte
a disolverme en tus celajes
a exprimir tus esponjas secas
y a quedarme con un tallo de piedra
y un pétalo sin flor
bajo la lluvia
que no cae.

Héctor Silva Michelena

Economista, doctor en Ciencias Sociales, profesor universitario y poeta venezolano. Nació en Caracas en 1931 y fue formado por los jesuitas del Colegio San Ignacio; una educación que su padre, que era obrero petrolero, costeó con grandes esfuerzos. Es miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas. Este poema es tomado de su poemario “Escombros”, poemas escritos entre 1988 y 1991.

Una lluvia que no cae, un tiempo en espera detenido. Donde me encuentre, estoy condenado a amarte. Mi ciudad, hoy recorrí tus calles y todo estaba triste. El tallo de piedra que me dejas me recuerda que aún hay tanto por aprender. Me recuerda que mi ciudad es una ciudad de bichos. Todavía eres una ciudad de escombros y llanto.

@LauraAlessR

 

300. La cogida y la muerte

Poema #300.

La cogida y la muerte.

 

A las cinco de la tarde.

Eran las cinco en punto de la tarde.

Un niño trajo la blanca sábana

a las cinco de la tarde.

Una espuerta de cal ya prevenida

a las cinco de la tarde.

Lo demás era muerte y sólo muerte

a las cinco de la tarde.

 

El viento se llevó los algodones

a las cinco de la tarde.

Y el óxido sembró cristal y níquel

a las cinco de la tarde.

Ya luchan la paloma y el leopardo

a las cinco de la tarde.

Y un muslo con un asta desolada

a las cinco de la tarde.

Comenzaron los sones de bordón

a las cinco de la tarde.

Las campanas de arsénico y el humo

a las cinco de la tarde.

En las esquinas grupos de silencio

a las cinco de la tarde.

¡Y el toro solo corazón arriba!

a las cinco de la tarde.

Cuando el sudor de nieve fue llegando

a las cinco de la tarde

cuando la plaza se cubrió de yodo

a las cinco de la tarde,

la muerte puso huevos en la herida

a las cinco de la tarde.

A las cinco de la tarde.

A las cinco en punto de la tarde.

 

Un ataúd con ruedas es la cama

a las cinco de la tarde.

Huesos y flautas suenan en su oído

a las cinco de la tarde.

El toro ya mugía por su frente

a las cinco de la tarde.

El cuarto se irisaba de agonía

a las cinco de la tarde.

A lo lejos ya viene la gangrena

a las cinco de la tarde.

Trompa de lirio por las verdes ingles

a las cinco de la tarde.

Las heridas quemaban como soles

a las cinco de la tarde,

y el gentío rompía las ventanas

a las cinco de la tarde.

A las cinco de la tarde.

¡Ay, qué terribles cinco de la tarde!

¡Eran las cinco en todos los relojes!

¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

 

Federico García Lorca.

Importante miembro de la Generación del 27. Poeta, prosista y dramaturgo español, nacido en Granada en 1898 y ejecutado en 1936 tras la sublevación militar de la guerra civil española, por su afinidad con el Frente Popular y por ser abiertamente homosexual. Este poema es la primera elegía de su “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, torero, escritor y miembro de la Generación del 27, quien murió de gangrena a causa de una cornada en la plaza de Manzanares.

La hora sombría en la que nos enteramos de la muerte de un ser querido, la hora que se repite en todos los relojes y en todos los tiempos, que nos resuena terrible y atronadora. ¡Qué terrible la hora incierta de la muerte! La noticia que viene, que nos llega, que nos lleva. Las cuatro elegías que componen el llanto articulan su dolor ante esta situación, ante una sangre que no quiere verse, ante un cuerpo presente, ante el alma ausente. Aceptamos la impotencia ante esto -no tenemos otra opción- pues todos morimos, como también se muere el mar

@SaetasdeLuis

Ve con el viento, ahora y en todas las horas.

195. La casa

Poema #195

La casa

La casa que abrigó tu corazón

será una ruina. Furtivos

en la noche

la habéis abandonado.

Oscura en el jardín la tierra removida.

Quise

decir traición

y dije llanto.

Ada Salas

Poeta española. Nacida en Cáceres en 1965. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura. Impartió clases durante dos años en Francia. Su obra ha recibido la atención de la crítica y es probablemente una de las voces más valoradas en la poesía española contemporánea. Entre sus obras se encuentran: “Arte y memoria del inocente”, “La sed”, “Esto no es silencio”, entre otras.

Se va la palabra, abandona los cuidados de la casa. La palabra impulsada por el sentimiento. Lo que queda guardado es el desbarajuste, las ruinas que dejó la palabra en el ser. Ese montón de trozos regados, esa tierra removida, todo el esfuerzo por seguir, por escapar. La palabra deja rastros de todo lo que agitó y estremeció al abandonarnos. Oculta, ella huye, solo nos queda la ausencia y el llanto.

@LauraAlessR

82. Casi para un álbum

Poema #82.

Casi para un álbum.

Al escuchar un trueno, me recordarás

pensando: ella añoraba las tormentas…

En el cielo la franja será escarlata ardiente

y abrasará el corazón, como antes.

Eso ocurrirá un día en Moscú

cuando abandone la ciudad para siempre

y retorne al anhelado hogar

dejando entre ustedes sólo mi sombra.

Anna Ajmátova.

Poeta rusa (1889-1966), comenzó a escribir poesía a los 11 años; estudió latín, historia y literatura en Kiev y en San Petersburgo, formó parte del acmeísmo. Sus dos esposos murieron en las purgas soviéticas y su hijo Lev pasó bastantes años en prisión, por ser disidentes. Su obra estuvo prohibida, fue censurada y se publicó íntegra en 1990 para el lector ruso. Marina Tsvietáieva le dedicó un ciclo de poemas, en uno de los cuales la proclama proféticamente “Musa del Llanto”.

Como una pequeña postal, la escritora plasma en este poema una imagen de sí, de ese recuerdo que trasciende a la sombra que será. La memoria es, siempre, caprichosa. Ajmátova estaba consciente de lo efímera que podía ser la vida en la Rusia de su época y, sobre todo, tentándola constantemente con su disidencia, con su escritura, con palabras. Palabras, sólo palabras, que tanto han temido siempre los dictadores, por las que tanto se preocuparon los líderes rusos. Son esas palabras las que trascienden la época y preservan el sentimiento que poblaba las calles de Rusia, las que están presentes “un día en Moscú”, y que continúan transmitiendo su mensaje años después. Palabras que supieron imponerse y mantenerse más allá de cualquier régimen.

Los detalles, cuya importancia en ocasiones  cuestionamos, se suman, como las palabras, convirtiéndose en mucho más que un verso, para hablar de una persona, de un destino, de una época entera. El llanto de Ajmátova trasciende el tiempo y el espacio porque es el llanto de su generación, un llanto conciente de que ella pasará “para siempre”, de que “abrasará como antes”, y de que recordaremos, sea por un trueno, un Perro Vagabundo o un poema sin héroe. Dejó entre nosotros no sólo su sombra, sino también sus palabras.

@SaetasdeLuis

79. Ciudad

Poema #79

Ciudad

Un llanto

un llanto de mujer

interminable,

sosegado,

casi tranquilo.

En la noche, un llanto de mujer me ha despertado.

Primero un ruido de cerradura,

después unos pies que vacilan

y luego, de pronto, el llanto.

Suspiros intermitentes

como caídos de un agua interior,

densa,

imperiosa,

inagotable,

como esclusa que acumula y libera sus aguas

o como hélice secreta

que detiene y reanuda su trabajo

trasegando el blanco tiempo de la noche.

Toda la ciudad se ha ido llenando de este llanto,

hasta los solares donde se amontonan las basuras,

bajo las cúpulas de los hospitales,

sobre las terrazas del verano,

en las discretas celdas de la prostitución,

en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,

con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,

en las medallas que reposan en joyeros de teca,

un llanto de mujer que ha llorado largamente

en el cuarto vecino,

por todos los que cavan su tumba en el sueño,

por los que vigilan la mina del tiempo,

por mí que lo escucho

sin conocer otra cosa

que su frágil rodar por la intemperie

persiguiendo las calladas arenas del alba.

Álvaro Mutis

Poeta y novelista colombiano nacido en Bogotá en 1923. Considerado uno de los grandes escritores hispanoamericanos contemporáneos. En 1953 aparece por primera vez su personaje Maqroll el Gaviero en el poemario: “Los elementos del desastre”, personaje  que acompaña al escritor a lo largo de toda su obra. Ente los premios que ha obtenido destacan: Premio Nacional de Letras de Colombia en 1974, la Orden de las Artes y de las Letras de Francia, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1997 y y el Premio Cervantes en 2001.

¿Llora, entonces mi ciudad? Llora todo el día. Una de tantas noches despierta a un poeta. Y allí, en los lugares más oscuros y olvidados, los siempre vistos y nunca mirados, por donde se vive día a día la vida, se estremece el llanto de mujer.

Ella llora tranquila… y se extiende su murmullo por mí, por lo que de ella hay en mí. Es que la mujer de la habitación contigua, ella la inagotable, es para mí la mujer que admiro noches enteras desde mi ventana. Cuando las luces y el ruido de la cotidianidad se apagan, escucho que llora. Ella solloza tranquila como resignada. En ocasiones creo que nos ha perdonado, aunque aún le duela que la olvidáramos. Escucho que entra callada, y aunque la veo diariamente debo admitir, que la conozco solo cuando en silencio me permito recorrer con ella las calles de la intemperie.

Con su llanto despido a la noche, con su llanto despido su recuerdo. Si pudiéramos recordar que sufre durante el día, si pudiéramos cambiar. No quiero escuchar llorar a la mujer de mi ventana.

@LauraAlessR