438. Jazz-Lilith

Poema #438.

Jazz-Lilith.

 

Con mis ojos escucho, con mis ojos

de menta y de cristal desmesurado.

Con mis ojos de piano en el ocaso,

con mis ojos de tigre y de cerezo.

Con mis ojos escucho los acordes,

los desgarrados sones de la tarde,

los sones del amor y del sollozo,

los muslos que se acercan por el cielo.

Con mis ojos escucho tantas selvas,

tantas selvas de furia y de carbunclos.

Con mis ojos de piano, con mis ojos

de hoguera abandonada en el desierto.

Los acordes se rompen en el canto,

los acordes se quiebran en los árboles,

los muslos se acercan por el cielo,

los muslos de magnolia y de ceniza.

Con mis ojos escucho los dos muslos,

con mis ojos de menta y de asesino,

con mis ojos de músico extraviado.

 

Juan Eduardo Cirlot.

Poeta español, nace en 1916 en Barcelona, y fallece en 1973. Fue reconocido tardíamente como uno de los más brillantes poetas de la posguerra española. Interrumpió sus estudios por la guerra civil, y entró en contacto con el surrealismo y el simbolismo a partir de 1940. Fue amigo de André Breton y formó parte del grupo creado por Joan Brossa en 1948, Deu al Set. Su sólida educación musical lo convirtió en crítico de música para La vanguardia, donde también escribió crítica de cine.

Ojos que se desbordan más allá de toda mesura, que perciben la música con la nitidez que otro podría ver un objeto, que transforman la melodía en imágenes y, a su vez, a éstas en palabras. El encuentro del poeta con el jazz, de la música con sus ojos abiertos a escuchar, con sus ojos de músico extraviado que se exaltan ante ella. Van y vienen sus ojos escuchando los acordes e hilvanándolos en el poema.

@SaetasdeLuis

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194. Extravío de aureola

Poema #194.

Extravío de aureola.

 

-Pero, ¿cómo? ¿Tú por aquí, querido? ¡Tú en un lugar de perdición! ¡Tú, el bebedor de quintaesencias! ¡Tú, el comedor de ambrosía! En verdad, tengo de qué sorprenderme.

-Querido, ya conoces mi terror de caballos y de coches. Hace un momento, mientras cruzaba el bulevar, a toda prisa, dando zancadas por el barro, a través de ese caos movedizo en que la muerte llega a galope por todas partes a la vez, la aureola, en un movimiento brusco, se me escurrió de la cabeza al fango del macadán. No he tenido valor para recogerla. He creído menos desagradable perder mis insignias que romperme los huesos. Y además, me he dicho, no hay mal que por bien no venga. Ahora puedo pasearme de incógnito, llevar a cabo acciones bajas y entregarme a la crápula como los simples mortales. ¡Y aquí me tienes, semejante a ti en todo, como me estás viendo!

-Por lo menos deberías poner un anuncio de la aureola, o reclamarla en la comisaría.

-No, a fe mía. Me encuentro bien aquí. Sólo tú me has reconocido. Por otra parte, la dignidad me aburre. Luego, estoy pensando con alegría que algún mal poeta la recogerá y se la pondrá en la cabeza impúdicamente. ¡Qué gozo hacer a un hombre feliz! ¡Y, sobre todo, feliz al que me dé risa! ¡Piensa en X o en Z! ¡Vaya! ¡Sí que va a ser gracioso!

 

Charles Baudelaire.

Poeta, crítico de arte y traductor francés (1821-1867), exponente del simbolismo en Francia y lúcido escritor de su época, quien rompió con las formas poéticas clásicas y se adelantó a su tiempo, compartiendo opiniones sobre la modernidad, el arte, la cultura y la poesía. Este texto pertenece a sus 50 Pequeños poemas en prosa, también conocidos como El Spleen de París, libro del que ya hay dos poemas más en Trazos de la memoria.

El poeta que pierde la aureola, que pierde ese halo de misticismo y dignidad que cubría a los poetas clásicos y consagrados, un poeta que se adscribe a un nuevo tiempo en el que es parte de los “simples mortales” y puede pasear de incógnito, entregándose a todo tipo de placeres mundanos. El poema expresa el zeitgeist, el espíritu de su tiempo, en el que la aureola de los poetas cae y pierde importancia, y ellos comienzan a hablar de cuestiones más cercanas a la cotidianidad, a lo que sienten y viven los hombres en todos los lugares, en cualquier momento. Pero siempre habrá alguien que recoja esa aureola del barro y se la quiera colocar, sin obtener un buen resultado, pues ni siquiera le pertenece, y no le encaja sino para dar risa. El poeta anda por el mundo sin aureola, es parte de la vida cotidiana.

@SaetasdeLuis