279. Viajero

Poema #279

Viajero

Qué clima es éste de arenas movedizas y fuera de su edad
qué país de clamores y sombreros húmedos
en vigilancia de horizontes
Qué gran silencio por la tierra sin objeto
preferida sólo de algunas palabras
que ni siquiera cumplen su destino
No es cambiar la tristeza por una ventana o una flor razonable
ni es un mar en vez de un recuerdo
es una aspiración adentro de su noche
es la vida con todas sus semillas
explicándose sola y decorada como montaña que se despide
es la lucha de las horas y las calles
es el aliento de los árboles invadiendo las estrellas

Son los ríos derrochados
es el hecho de ser amado y sangrar entre las alas
de tener carne y ojos hacia toda armonía
y bogar de fondo a fondo entre fantasmas reducidos
y volar como muertos en torno al campanario
Andar por el tiempo huérfano de sus soles
de sueño a realidad y realidad a visión enredada de noche
y siempre en nombre en diálogo secreto
en salto de barreras siempre en hombre

Vicente Huidobro

Considerado uno de los más grandes poetas chilenos, nacido en 1893. Fue creador y exponente del creacionismo. Huidobro escribió más de treinta obras, entre libros de poesía y de narrativa poética, de los cuales poco más de una decena fueron publicadas póstumamente. Entre sus obras destacadas se encuentran: “Altazor”, “Temblor de cielo”, “Poemas árticos”, “Ecuatorial”, “Tour Eiffel” y “Hallali”. Fallece en 1948.

Y se va el viajero. Es el cambio este aire de arenas movedizas, acompañado de despedidas que se mantienen vigilantes en el horizonte. Sí, te vas, pero no me cambies la mar por un recuerdo, ni este aliento de árboles que invaden las estrellas. Aquí, esta montaña decorada, esta lucha de horas y calles te despiden. Allá, espero sigas teniendo carne y ojos para toda armonía, manteniendo (éste) ese dialogo secreto. Siempre sustancia, siempre esencia. Buon viaggio, mi querido compañero elemental.

@LauraAlessR

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229. Sobre la poesía

Poema #229

Sobre la poesía

Siempre he creído que la poesía
es un don mezquino. No hay mayores razones
para sentirse orgulloso. No se trata
de los estigmas de San Francisco,
esa prueba irrefutable de la condición
de elegidos. Deberíamos ser humildes
pero nuestro castigo es la vanidad.

Una vez escribí que nuestro oficio
era sólo aproximativo y nunca alcanzaríamos
la fijeza de las estrellas. Quería decir,
me parece, que no llegamos a lo que sentimos.
Lo que sentimos es un círculo y el poema
es otro, más pequeño y hambriento.
La distancia entre ellos es el naufragio.

Treinta años más tarde, sigo pensando
que no es la poesía el mayor de los dones.
Pero, después de tantas líneas y borrones,
y las resmas de papel que han alimentado
mis cestos de basura, puedo decir
que ha servido para registrar las noches
y los días, Constanza y mi paisaje. No más.

Alejandro Oliveros

Escritor venezolano.  Nació en 1948, fundador de la revista “Poesía” y director de “Zona Tórrida. Revista de Cultura de la Universidad de Carabobo”. Enseña en la Escuela de Artes Plásticas “Arturo Michelena” y en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Ha publicado extensamente en revistas nacionales e internacionales.

La poesía, el registro de lo cotidiano. La poesía, el viaje. Un naufragio que arrebata el sentimiento y lo deja en la mar. Sentado en la orilla, el poeta reseña el viaje desde la añoranza de lo vivido. Siempre hay novedad en la mar, una sed incita el recorrido. Vanidad de querer alcanzar las estrellas, intentos de apresar el sentimiento, no son más que registro de días y noches, registros de intentos… anotaciones del viaje.

@LauraAlessR

180. [Preguntas, Lesbia, cuántos besos tuyos]

Poema #180.

 

Preguntas, Lesbia, cuántos besos tuyos

me serían bastantes y de sobra.

Tantos como la arena que de Libia

yace con laserpicios en Cirene,

entre el ardiente oráculo de Júpiter

y el sepulcro del viejo y sacro Bato;

o tantos como estrellas que contemplan,

cuando calla la noche, los amores

furtivos de los hombres. Tantos besos

a este loco le bastan y le sobran:

que no puedan contarlos los mirones

ni echarles maldiciones envidiosas.

 

Catulo.

 

Poeta latino que nació en Verona en el año 87 a.C. y murió en Roma alrededor del 57 a.C., donde estudió, se enamoró de Clodia, casada con el gobernador de la Galia Cisalpina y hermana del tribuno Plubio Clodio Pulcro, enemigo de Cicerón. Ella aparece en sus versos con un nombre de valor métrico equivalente, Lesbia, que refiere a la afición común de los amantes a Safo de Lesbos. Continúa hablando de la misma manera amorosa que en otro de sus poemas, publicado anteriormente.

Algunos de los temas del otro poema publicado en el blog se repiten: los besos y su cantidad, la posibilidad de que los mirones los cuenten y, así, les echen maldiciones envidiosas, y el deseo de más que siempre tiene el enamorado. ¿Cuántos besos son suficientes, siquiera, cuántos bastarían para quedar satisfechos? Tantos como las estrellas o los granos de arena, porque resultan incontables. Entregarse al amor es entregarse a lo infinito, a lo inconmensurable. Nos entregamos a eso que nos envuelve y nos excede, nunca es bastante, nunca de sobra.

@SaetasdeLuis

176. XXIV [Lo que vemos de las cosas son las cosas.]

Poema #176.

XXIV.

 

Lo que vemos de las cosas son las cosas.

¿Por qué habríamos de ver una cosa si hubiese otra?

¿Por qué ver y oír sería engañarnos

si ver y oír son ver y oír?

 

Lo esencial es saber ver,

saber ver sin estar pensando,

saber ver cuando se ve,

y no pensar cuando se ve

ni ver cuando se piensa.

 

Pero esto (¡tristes de nosotros que llevamos el alma vestida!),

esto exige un estudio profundo,

un aprendizaje de desaprender

y un secuestro en la libertad de aquel convento

del que los poetas dicen que las estrellas son las monjas eternas

y las flores las penitentes convictas de un solo día,

pero donde al final las estrellas no son sino estrellas

y las flores sólo flores,

y por eso es por lo que las llamamos estrellas y flores.

 

Alberto Caeiro.

Heterónimo de Fernando Pessoa del que hace poco publicamos otro de sus poemas. Estos textos pertenecen al libro “Guardador de rebaños”, que según se relata, fueron escritos seguidos, “en una especie de éxtasis cuya naturaleza no lograré definir”, y de este éxtasis nació la figura de Alberto Caeiro, quien luego sería considerado por todos los heterónimos del grupo como el “Maestro”.

Dejar de lado el pensamiento y ver las cosas como son. Saber ver, de distintas maneras, saber sentir. Es algo que al nacer sabemos bien, pero que vamos desaprendiendo a lo largo de la vida, a medida que aprendemos a pensar, a vivir en sociedad. “Lo esencial es saber ver”, hacer una cosa a la vez. Si vemos, ver. Si pensamos, pensar. Si sentimos, sentir. Llevamos el alma vestida por la sociedad, y hemos de (re)aprender a desnudarla, a sentirnos cómodos con ella, a saber que las estrellas y flores pueden ser sólo estrellas y flores, y sentirlas así, también. Es, para nosotros que tenemos el alma vestida, “un aprendizaje de desaprender”, de despojarnos y sentir.

Ustedes tienen que aprender a ver

“Ustedes tienen que aprender a ver.”

@SaetasdeLuis

137. Orfeo

Poema #137

Orfeo

Orfeo, lo que de él queda (si queda),
lo que aún puede cantar en la tierra,
¿a qué piedra, a cuál animal enternece?
Orfeo en la noche, en esta noche
(su lira, su grabador, su cassette),
¿para quién mira, ausculta las estrellas?
Orfeo, lo que en él sueña (si sueña),
la palabra de tanto destino,
¿quién la recibe ahora de rodillas?

Solo, con su perfil en mármol, pasa
por entre siglos tronchado y derruido
bajo la estatua rota de una fábula.
Viene a cantar (si canta) a nuestra puerta,
a todas las puertas. Aquí se queda,
aquí planta su casa y paga su condena
porque nosotros somos el Infierno.

Eugenio Montejo

Poeta y ensayista venezolano, nació en Caracas, el 19 de octubre de 1938. En 1998 le fue concedido el Premio Nacional de Literatura y en  2004 el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo. Fue fundador de muchos proyectos importantes como las revistas “Poesía” y “Zona Tórrida” de la Universidad de Carabobo. Se han publicado varios de sus poemas anteriormente en Trazos de la memoria. Fallece en Valencia, el 5 de junio de 2008.

Si alguno queda, alguno que aún mire las estrellas, uno de esos que pedía deseos. Si queda alguno que escuche, que reciba, la poesía (su música) a pesar del tiempo, a pesar del olvido. ¿De qué sirve su canto? (si es que aún nos canta). Por favor, que alguien lo escuche y le devuelva su amor, porque si esto es el infierno ¿qué estamos haciendo con su poesía?

@LauraAlessR

65. El santuario de la cumbre

Poema #65

El santuario de la cumbre

La cumbre, el monasterio.

Ya es de noche. Alzo la mano

y toco a las estrellas.

Hablo en voz baja: temo

que se despierte el cielo.

Li Po

Poeta chino (701-762). Ya mencionado anteriormente su poema: “Zazen en la montaña Ching –Ying”.  Es reconocido como uno de los grandes poetas chinos y  fue un maestro en el arte de la espada.  Un hombre errante que estudió el taoísmo. Él y cinco compañeros eran los “Seis bohemios del río de bambúes”, por llevar a vida de los iniciados taoístas.  También fue maestro de los dos tipos de poesía de su época.

Y me retiro, me alejo del ruido apabullante del mundo: los trabajos, el transporte, las llegadas tarde, el niño malcriado, las angustias de las deudas. Distanciado de todo aquello que desde adentro desbarata la simple existencia. Un lugar donde reposar, allí me detengo y miro, y escucho… nada. A esa distancia más de uno se pregunta dónde perdió el alma. Así, como cerca del cielo, de la inmensidad, de la simple existencia de la naturaleza. Y siento como se desacelera el pulso, aquí desde lo alto pido permiso, espero no molestar a todas esas grandes cosas que me enseñan sobre la sencilla y delicada manera de vivir. Aquí “hablo en voz baja: temo / que se despierte el cielo.”

@LauraAlessR

44. ¡Escuchen!

Poema #44.

¡Escuchen!

 

¡Escuchen!

¿Si las estrellas se encienden,

quiere decir que a alguien le hacen falta,

quiere decir que alguien quiere que existan,

quiere decir que alguien escupe esas perlas?

 

Alguien, esforzándose,

entre nubes de polvo cotidiano,

temiendo llegar tarde,

corre hasta llegar hasta Dios,

y llora,

le besa la mano nudosa,

implora,

exige una estrella,

jura,

no soportará un cielo sin estrellas,

luego anda inquieto,

pero tranquilo en apariencia,

le dice a alguien:

“¿Ahora estás mejor, verdad?

Dime, ¿tienes miedo?”

 

¡Escuchen!

¿Si las estrellas se encienden,

quiere decir que a alguien le hacen falta,

quiere decir que son necesarias,

quiere decir que es indispensable

que todas las noches,

sobre cada techo,

se encienda aunque sea una estrella?

 

Vladimir Maiakovski.

Poeta ruso, nació en Baghdati en 1893 y murió en Moscú en 1930. Fue iniciador del futurismo ruso, y una de las figuras más importantes de la poesía rusa de comienzos del siglo XX. Este poema apareció publicado en “la revista de los futuristas” en 1913.

¿Existen las estrellas porque alguien las requiere, porque a alguien le hacen falta, o estarían ahí aunque nadie corriera a implorarle a Dios que iluminara la noche? Esta certeza desaparece para nosotros en el poema… Como dice un viejo koan, “si un árbol cayera en medio del bosque y nadie lo escuchara, ¿aún haría ruido?”, existe la certeza de que sí, pero no hay nadie que pueda garantizar que es así, hasta estar presente y escucharlo, de alguna manera. Igual se dice de los libros que permanecen cerrados; sin lectores, ¿podríamos decir que verdaderamente existen? Si las estrellas se encienden cada noche quiere decir que a alguien le hacen falta, que alguien requiere su luz, y que hay, por lo menos, una persona que las ve y agradece su existencia. ¿Podríamos soportar un cielo sin estrellas?

 

@SaetasdeLuis