350. Tiempo necio

Poema #350.

Tiempo necio.

 

Errada va la vida mía

en lugar de atracar bancos

entierro dineros

en sus bóvedas

Víctor Valera Mora.

Poeta y sociólogo venezolano. Nació en Valera en 1935 y falleció en Caracas en 1984. Varios de sus poemas han sido publicados ya en Trazos de la memoria. Fue miembro fundador de la Pandilla de Lautréamont y militó en el Partido Comunista. A lo largo de su vida escribió una poesía comprometida políticamente y que en muchas ocasiones ha sido tildada de panfletaria. Obtuvo el Premio CONAC de poesía en 1980. Este poema pertenece a “Del ridículo arte de componer poesía”.

Hablamos de revolución, de protesta y de cambio, de luchas y de revueltas, de enfrentamientos y acciones, y se evaporan las palabras mientras seguimos dejándonos llevar por lo estipulado. Nada logramos, y en vez de arriesgarnos, seguimos en una marcha habitual en la que se nos va la vida. Y ahí vamos, a veces… en lugar de hacer lo que queremos, hacemos lo contrario, sin siquiera darnos cuenta.

@SaetasdeLuis

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309. No hay regreso

Poema #309

No hay regreso

Lavar el pelo
limpiar los dientes
vestir la intemperie de mi cuerpo

desarmo pedazo a pedazo
la cotidianidad de no tenerte

Mharía Vázquez Benarroch

Escritora venezolana, nacida en Pontevedra, España. Poeta, Corresponsal de Guerra, Guionista de Cine y Televisión, y Narradora. Es Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV, 1986), Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB, 2002). En 1984, su primer poemario “Guerrero llevado adentro” resulta ganador del Premio Fernando Paz Castillo de Poesía. Actualmente reside en Venezuela.

La cotidianidad de la ausencia se describe en esta poderosa y hermosa imagen: “vestir la intemperie de mi cuerpo…” Resonancias, sentir desde el cuerpo desarmando lo inasible.

@LauraAlessR

194. Extravío de aureola

Poema #194.

Extravío de aureola.

 

-Pero, ¿cómo? ¿Tú por aquí, querido? ¡Tú en un lugar de perdición! ¡Tú, el bebedor de quintaesencias! ¡Tú, el comedor de ambrosía! En verdad, tengo de qué sorprenderme.

-Querido, ya conoces mi terror de caballos y de coches. Hace un momento, mientras cruzaba el bulevar, a toda prisa, dando zancadas por el barro, a través de ese caos movedizo en que la muerte llega a galope por todas partes a la vez, la aureola, en un movimiento brusco, se me escurrió de la cabeza al fango del macadán. No he tenido valor para recogerla. He creído menos desagradable perder mis insignias que romperme los huesos. Y además, me he dicho, no hay mal que por bien no venga. Ahora puedo pasearme de incógnito, llevar a cabo acciones bajas y entregarme a la crápula como los simples mortales. ¡Y aquí me tienes, semejante a ti en todo, como me estás viendo!

-Por lo menos deberías poner un anuncio de la aureola, o reclamarla en la comisaría.

-No, a fe mía. Me encuentro bien aquí. Sólo tú me has reconocido. Por otra parte, la dignidad me aburre. Luego, estoy pensando con alegría que algún mal poeta la recogerá y se la pondrá en la cabeza impúdicamente. ¡Qué gozo hacer a un hombre feliz! ¡Y, sobre todo, feliz al que me dé risa! ¡Piensa en X o en Z! ¡Vaya! ¡Sí que va a ser gracioso!

 

Charles Baudelaire.

Poeta, crítico de arte y traductor francés (1821-1867), exponente del simbolismo en Francia y lúcido escritor de su época, quien rompió con las formas poéticas clásicas y se adelantó a su tiempo, compartiendo opiniones sobre la modernidad, el arte, la cultura y la poesía. Este texto pertenece a sus 50 Pequeños poemas en prosa, también conocidos como El Spleen de París, libro del que ya hay dos poemas más en Trazos de la memoria.

El poeta que pierde la aureola, que pierde ese halo de misticismo y dignidad que cubría a los poetas clásicos y consagrados, un poeta que se adscribe a un nuevo tiempo en el que es parte de los “simples mortales” y puede pasear de incógnito, entregándose a todo tipo de placeres mundanos. El poema expresa el zeitgeist, el espíritu de su tiempo, en el que la aureola de los poetas cae y pierde importancia, y ellos comienzan a hablar de cuestiones más cercanas a la cotidianidad, a lo que sienten y viven los hombres en todos los lugares, en cualquier momento. Pero siempre habrá alguien que recoja esa aureola del barro y se la quiera colocar, sin obtener un buen resultado, pues ni siquiera le pertenece, y no le encaja sino para dar risa. El poeta anda por el mundo sin aureola, es parte de la vida cotidiana.

@SaetasdeLuis

62. Herederos de Sísifo

Poema #62.

Herederos de Sísifo.

 

Entre el suelo y el techo de un ascensor

cada rostro es territorio incierto para la mirada,

las lenguas se anudan,

las manos buscan el aire en los bolsillos.

 

En esta pequeña Babilonia

no hay un solo hombre,

siquiera uno de ellos,

que no lleve una pequeña piedra entre sus manos.

Las llaves, el reloj, algún espejo,

todo aquí es atentado contra la gravedad.

 

Vaya forma de pagar una terrible condena:

haber nacido desprovistos de alas

-a ras de suelo-

con tan torpe afición a las alturas.

 

Arturo Gutiérrez Plaza.

Poeta, ensayista y profesor universitario nacido en Caracas, 1962. Ha publicado los libros de poesía: “Al margen de las hojas” (1991), “Principios de Contabilidad” (2000) y “Pasado en limpio” (2006). Fue Director General del CELARG y ha obtenido varios premios entre los que resalta el Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz en 1999.

Me resulta interesante la comparación del momento cotidiano en el elevador con el mito de Sísifo, el hecho de conectar un instante actual con toda una tradición y una historia humana. Todos hemos estado alguna vez en un ascensor lleno de desconocidos, la incomodidad de estar todos tal como describe Gutiérrez Plaza. El descubrimiento está en la certera relación con Sísifo: la condena a la rutina, a esa piedra que debemos empujar hacia la cima sin lograr nunca alcanzarla, como el elevador que sube y baja sin llegar a ningún sitio. Hay algo que es lo que tenemos que empujar, llevar con nosotros, que nos sume en la rutina como una “terrible condena”; sea la llave de la casa o del carro, el tiempo que transcurre o algo en nosotros mismos. Nos convertimos en esclavos de ese “algo” que empujamos siempre, con la esperanza de algo más, con “tan torpe afición a las alturas”, estando “a ras del suelo”.

Realmente la rutina puede convertirnos en herederos de Sísifo, pagando la terrible condena de tener que luchar contra la gravedad día tras día en una pequeña Babilonia llena de desconocidos que también empujan su piedra. Qué espantoso castigo el de no poder alcanzar jamás las alturas a las que somos tan aficionados por eso que nos mantiene a ras del suelo y que nunca dejamos de empujar.

@SaetasdeLuis

60. Si

Poema #60.

Si.

 

Si las cosas hablaran

-pero si hablaran, también podrían mentir.

Sobre todo las más corrientes y poco apreciadas,

para llamar finalmente la atención.

 

Da pánico pensar

qué me diría tu botón descosido,

y a ti, la llave de mi puerta,

esa vieja mitómana.

 

Wislawa Szymborska.

Éste no es, ni remotamente, el mismo Si de Rudyard Kipling. Este condicional se acerca más al que se dice en la intimidad, abrazado a la amante, en silencio, sin elevar la voz más allá de un susurro. Wislawa Szymborska es una poeta, ensayista y traductora polaca, nacida en 1923, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1996, de quien ya tenemos un poema en Trazos de la memoria.

¡Con qué intimidad y con qué simpleza escribe Szymborska estos versos! Es imposible recitar este poema grandilocuentemente, ni siquiera pensarlo. Leerlo nos transporta a la intimidad, a palabras dichas a media voz, a esas reflexiones ociosas cuando tenemos la calma para ver el mundo de otra manera. ¿Qué pasaría si las cosas hablaran? No las grandes cosas sino las pequeñas, las íntimas, las que podrían llamar la atención narrando historias escandalosas que, quizás, conocen. El segundo verso muestra con sutileza que todo lo que habla “también podría mentir”, como si fingir, inventar, exagerar fuese inseparable de la comunicación, como si, frecuentemente, sucediera así. Quizás algunas cosas podrían inventar historias extraordinarias. ¿Qué podría narrar un botón descosido, un bolígrafo, una vieja lámpara? Pero la poeta, como si de verdad nos estuviese hablando de esto en la intimidad de una habitación, se cubre la espalda al hablar de la llave de su puerta, “esa vieja mitómana”… Da pánico pensar lo que podrían decir algunas cosas sólo por llamar la atención.

@SaetasdeLuis