174. Oda a la cebolla

Poema #174.

Oda a la cebolla.

 

Cebolla,

luminosa redoma,

pétalo a pétalo

se formó tu hermosura,

escamas de cristal te acrecentaron

y en el secreto de la tierra oscura

se redondeó tu vientre de rocío.

Bajo la tierra

fue el milagro

y cuando apareció

tu torpe tallo verde,

y nacieron

tus hojas como espadas en el huerto,

la tierra acumuló su poderío

mostrando tu desnuda transparencia,

y como en Afrodita el mar remoto

duplicó la magnolia

levantando sus senos,

la tierra

así te hizo,

cebolla,

clara como un planeta,

y destinada

a relucir,

constelación constante,

redonda rosa de agua,

sobre

la mesa

de las pobres gentes.

 

Generosa

deshaces

tu globo de frescura

en la consumación

ferviente de la olla,

y el jirón de cristal

al calor encendido del aceite

se transforma en rizada pluma de oro.

 

También recordaré cómo fecunda

tu influencia el amor de la ensalada,

y parece que el cielo contribuye

dándote fina forma de granizo

a celebrar tu claridad picada

sobre los hemisferios de un tomate.

Pero al alcance

de las manos del pueblo,

regada con aceite,

espolvoreada

con un poco de sal,

matas el hambre

del jornalero en el duro camino.

Estrella de los pobres,

hada madrina

envuelta

en delicado

papel, sales del suelo,

eterna, intacta, pura

como semilla de astro,

y al cortarte

el cuchillo en la cocina

sube la única lágrima

sin pena.

Nos hiciste llorar sin afligirnos.

Yo cuanto existe celebré, cebolla,

pero para mí eres

más hermosa que un ave

de plumas cegadoras,

eres para mis ojos

globo celeste, copa de platino,

baile inmóvil

de anémona nevada

y vive la fragancia de la tierra

en tu naturaleza cristalina.

 

Pablo Neruda.

Poeta chileno, considerado entre los más influyentes del siglo XX, así como destacado activista político y miembro del comité central del Partido Comunista. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Chile en 1945 y en 1971 recibió el Premio Nobel de Literatura. Figuras como Harold Bloom y Gabriel García Márquez lo han considerado un gran poeta, sin comparación en el siglo XX. Sus “Odas elementales”, de donde viene este poema, cantan y celebran cuestiones cotidianas y sencillas, exaltándolas.

Este poema siempre me recuerda a un profesor muy apreciado que me dio clases en la Escuela de Letras, quien lo utiliza como ejemplo en repetidas ocasiones, recitando fragmentos y comentando sobre el extrañamiento que logra el poeta para ver la cebolla de otras tantas maneras. El poeta debería, ciertamente, vivir sorprendido y extrañado ante la realidad, permitiendo que sucedan “chispas” entre conexiones inusitadas de elementos, generando así potentes imágenes. ¿Cuántas veces han comido una cebolla sin pensar en las imágenes que nos da Neruda? ¿En esa rizada pluma de oro, globo celeste o baile inmóvil de anémona nevada?

Lo más gracioso es que no me gusta, para nada, la cebolla. Pero he de admitir que resulta un poco más interesante una redonda rosa de agua.

@SaetasdeLuis

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66. Siempre

Poema #66.

Siempre.

 

Y escúchame zarpazo

Vieja fisonomía del tigre

en cuatro lenguas afiladas

soy tuyo y de tu pasión

indefenso

látigo sobre látigo

y el quejido abriéndose paso

entre sílabas inciertas

sílabas madres

y la espuma que se forma en los labios

de un idioma servil donde caigo

en busca de fuego

alimento útil    estrafalario alimento

del delirio y la duda

y no hallo sino la huella temblorosa

de un animal sin forma

interrumpido por tu zarpa

y una divagación que no envejece

 

Luis García Morales.

 

Nació en Ciudad Bolívar en 1929. Formó parte del famoso grupo literario Sardio en 1958. Fue jefe de Redacción de la “Revista Nacional de Cultura” en 1963, y presidente fundador del Consejo Nacional de la Cultura (CONAC). Este poema pertenece a su libro “De un sol a otro”.

El poema pertenece a la última parte de su poemario, “Pasajes a paisajes imprevistos”. En primera instancia, me parece que hablara del paisaje, del animal y de sí mismo, al mismo tiempo. Los versos del poema muestran la naturaleza en esas tres perspectivas, y percibo al poeta hablando de su “vieja fisonomía de tigre”, que siempre se juega la vida en el lenguaje, “entre sílabas inciertas”, en busca de fuego, de llama, de chispa, y en donde consigue “la huella temblorosa”, “una divagación que no envejece”. La experiencia de repetirse en la incertidumbre del poema, en siempre entregarse al zarpazo y a la pasión, a la esencia misma del acto creador.

Eterniza el instante, junto con la naturaleza del paisaje, del animal y de sí mismo, en esa búsqueda del fuego, “del delirio y la duda”, que siempre se repite y siempre se interrumpe en una divagación que no envejece. Las palabras son esa llama que queremos encender, un fulgor que no envejece mientras nos entregamos al lenguaje y a la imagen.

@SaetasdeLuis