346. El vino de los amantes

Poema #346.

El vino de los amantes.

 

¡Hoy me parece espléndido el espacio!

Sin freno, sin espuelas y sin brida,

cabalgando en el vino atravesemos

esos cielos divinos y fantásticos.

 

Vamos a ser los dos como unos ángeles

que abrasa una implacable calentura,

en el cristal azul de la mañana,

sigamos los remotos espejismos.

 

Blandamente mecidos sobre el ala

del torbellino que es inteligente,

en medio de un delirio paralelo,

 

oh hermana mía, nadaremos juntos,

huyendo sin reposos y sin treguas,

hacia aquel paraíso de mis sueños.

 

Charles Baudelaire.

 

María Zambrano dijo de este poeta francés, nacido en 1821 y muerto en 1867, que “es el padre, al par que redentor, de la poesía. Y la ha redimido por aquello que parecía faltarle: la conciencia.” Se interesó por el arte y escribió textos críticos sobre diversos temas al respecto. La buena sociedad de la época lo rechazó y sus Flores del mal, a las que pertenece este poema, fueron perseguidas y mutiladas por la justicia.

Sobre la serie de efectos del vino ya hay un poema publicado en el blog. Éste es el vino de quienes se aman, quienes flotan juntos en esa nube de placer que les otorga la alegría del amor, reforzada por la alegría del vino, que les despoja de todas las barreras y las inhibiciones y los permite nadar hacia ese paraíso de sus sueños. En el delirio del vino y del amor vuelan, y hacen todo posible, porque no importa nada más en ese mundo, sino ellos dos, y su paraíso particular.

@SaetasdeLuis

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336. El vino del asesino

Poema #336.

El vino del asesino.

 

¡Ahora que ella ha muerto yo soy libre

y puedo emborracharme cuando quiera!

Cuando volvía a casa sin un céntimo

me destrozaba el alma con sus gritos.

 

Ahora soy dichoso como un rey;

el aire es puro, el cielo es admirable…

Recuerdo que también fue como éste

aquel verano en que la conocí.

 

Esta sed espantosa que me abrasa

para calmarse necesita al menos

de tanto vino como quepa allí,

en su tumba, lo cual no es decir poco:

 

en el fondo de un pozo la he arrojado,

y además he cubierto su cadáver

con piedras que formaban el brocal.

¡Intentaré olvidarla, si es posible!

 

Invocando amorosos juramentos

de los que nada puede desligarnos,

y para hacer las paces y volver

a la embriaguez de aquellos buenos tiempos,

 

le rogué que acudiera a aquella cita,

cita nocturna en un camino oscuro.

¡Y acudió! ¡Qué mujer más insensata!

¡Todos estamos más o menos locos!

 

Vi que era todavía muy hermosa,

aunque ya fatigada. En cuanto a mí,

la amaba demasiado. Y ésta fue

la razón de decirle: ¡Has de morir!

 

Nadie va a comprenderme. Sé que nunca

uno de esos obtusos borrachines

pensó en el desvarío de sus noches

hacer una mortaja con el vino.

 

Ninguno de esos crápulas, tan sólidos

como una de esas máquinas de hierro,

ni durante el invierno ni en verano

ha conocido el verdadero amor,

 

con sus encantamientos de negrura,

su cortejo infernal de mil temores,

sus frascos de veneno, con sus lágrimas,

sus ruidos de cadena y de osamenta.

 

¡Por fin me siento libre y estoy solo!

Esta noche estaré como una cuba;

y sin temor y sin remordimiento

me tenderé en el suelo una vez más

 

porque quiero dormir a pierna suelta.

Y las pesadas ruedas de los carros

con su carga de piedras y de fango

o los trenes rabiosos, bien podrían

 

mi culpable cabeza machacar

o dividir mi cuerpo en dos pedazos.

Yo me río de todo, del Demonio,

de Dios y de la corte celestial.

 

Charles Baudelaire.

Poeta, crítico de arte y traductor francés. Nació en 1821 y tuvo un pequeño y modesto funeral en el año 1867. Rompió con las formas poéticas clásicas y escribió sobre la modernidad, el arte, la cultura y la poesía. Quedó marcado para la historia como un “poeta maldito”, término que acuñó Paul Verlaine y que fue, en parte, tomado del poema “Bendición”, que inicia las “Flores del mal”, a las que pertenece el texto que compartimos hoy.

El vino nos hace revelarnos, hace que las máscaras caigan, que mostremos -a quien sepa leer- la profundidad de nuestro ser, lo que realmente somos. El vino del asesino lo hace celebrar su libertad, la distancia que finalmente lo ha liberado del yugo del amor y del sufrimiento, como él lo describe. ¿Seguirá la dicha a la mañana siguiente? ¿O seguirá la borrachera del asesino que, por fin, puede extenderse en ella hasta el fin de los tiempos? Este asesino se halla en un punto medio entre crápula y borracho (como él mismo dice), se cree incomprendido por todos, y se ríe de todo, está fuera de cualquier moralidad: sólo se debe al vino y a sí mismo. Tengan cuidado con lo que ocultan, porque puede aflorar cuando el vino les hable.

@SaetasdeLuis

304. La mala suerte

Poema #304.

La mala suerte.

 

¡Para alzar una carga tan pesada

se requiere el valor que tuvo Sísifo!

Aunque se ponga el alma en trabajar,

el Arte es largo y nuestro tiempo corto.

 

Lejos de sepulturas afamadas,

iré hacia un camposanto solitario;

mi corazón, como un tambor de luto,

redoblando con fúnebres fanfarrias.

 

Muchas joyas están bajo la tierra

en medio de tinieblas y de olvido,

donde no llegan sondas ni azadones.

 

Muchas flores despiden sin quererlo

su perfume más dulce y más arcano

envueltas en profundas soledades.

 

Charles Baudelaire.

Poeta, crítico de arte y traductor francés (1821-1867), exponente del simbolismo, quien rompió con las formas poéticas clásicas compartiendo opiniones sobre la modernidad, el arte, la cultura y la poesía. Sus “Flores del mal”, a las que pertenece este poema, fueron perseguidas y mutiladas por la ley, buena parte de la sociedad de la época lo excluyó y quedó para la historia como un “poeta maldito”.

La mala suerte que proclamó fue casi una profecía de su vida y su funeral. Un perfume dulce y arcano despidió su escritura en su profunda soledad, y sus flores del mal se han mantenido a través de los años, adquiriendo importancia y reconocimiento. Cierto es que el arte es largo y la vida corta, que nos parecemos mucho a Sísífo, quien debe empujar la piedra sin cesar hasta la cima para verla caer y empezar de nuevo. ¡Vaya valor necesitamos para no perder el ímpetu! Y seguimos trabajando, aunque se nos acalambre el alma y nuestro esfuerzo sea minúsculo ante la infinitud del arte.

@SaetasdeLuis

 

292. La voz

Poema #292.

La voz.

 

Yo dormía en mi cuna junto a la biblioteca,

una oscura Babel donde fábulas, libros

de novela y de ciencia, la ceniza latina

y el helénico polvo, se mezclaban. Yo era

alto como un infolio, y me hablaban dos voces:

Una, insidiosa y firme: ‘Es la tierra un pastel;

yo podría (¡y entonces tu placer fuera inmenso!)

darte tal apetito de medidas iguales.’

La otra voz: ‘¡Ven! ¡Oh, ven a viajar por los sueños,

más allá de las cosas conocidas, posibles!’

Y cantaba lo mismo que hace el viento en las playas,

plañidero fantasma que ha engendrado la noche

y acaricia el oído y no obstante lo asusta.

Respondí: ‘Dulce voz, sí.’ Aquel día nació

lo que puede llamarse esta herida, ¡ay de mí!,

y mi sino fatal. Veo tras decorados

de la inmensa existencia, en el más negro abismo,

claramente unos mundos singulares, y víctima

de una tal lucidez que me sume en el éxtasis,

me persiguen serpientes que me muerden los pies.

Desde entonces, igual que si fuese un profeta,

me enamoran sin límite el desierto y el mar;

y me río en los lutos y sollozo en las fiestas,

y un sabor suave encuentro en el vino más agrio;

tomo muy a menudo por mentiras los hechos,

y mirando a los cielos caigo en hoyos profundos.

Pero dice la voz, consolándome así:

‘¡No renuncies jamás a tus sueños, los cuerdos

nada saben del sueño admirable de un loco!’

 

Charles Baudelaire.

 

De este poeta francés (1821-1867), quien además fue crítico de arte y traductor hemos publicado varios de sus poemas en el blog. Algunos de ellos parte de sus Pequeños poemas en prosa, y otros tantos de sus Flores del mal. Hoy, de quien fue llamado por María Zambrano “padre de la poesía moderna”, publicamos un poema que suele acompañar algunas ediciones contemporáneas de las Flores del mal pero que pertenece a algunos poemas diversos del autor que se han encontrado y estudiado aparte.
Son muchas las voces y todas hablan de distinta manera y con constancia. El poeta, mientras tanto, escucha. Adquiere una disposición especial que le permite hacerle caso a lo que dice esa “dulce voz” y dejarse seducir por ella, por lo que ofrece; y cada voz -quizás la voz de un genio que acosa al atormentado, quizás la voz del inconsciente, quizás una admirable locura- tiene sus temas, sus palabras y su sino. Aún así, la locura del poeta, con su tormento particular, está poblada de sueños admirables, más allá de las cosas conocidas, sueños a los que no debe renunciar.

@SaetasdeLuis

266. A una que pasa

Poema #266.

A una que pasa.

 

El fragor de la calle me envolvía en aullidos.

Alta, esbelta, de luto, majestuoso dolor,

vi pasar la mujer que con mano fastuosa

levantaba y mecía de su falda los bordes.

 

Noble y ágil, luciendo una pierna de estatua.

Yo bebía, crispado, como un ser peregrino,

en sus cárdenos ojos, cielos hechos borrasca,

la dulzura que embriaga y el placer que da muerte.

 

Un relámpago… luego sólo noche. Belleza

fugitiva que mira devolviendo la vida,

¿no he de verte otra vez más que fuera del tiempo?

 

Oh, muy lejos de aquí, tarde ya, ¡tal vez nunca!

Yo no sé adonde huyes, donde voy tú lo ignoras,

tú a quien yo hubiese amado, tú que bien lo sabías.

 

Charles Baudelaire.

 

Ya hemos publicado varios poemas de este escritor, crítico de arte y traductor francés (1821-1867), considerado por María Zambrano “el padre, al par que redentor, de la poesía”. Exponente del simbolismo en Francia, rompió con las formas poéticas clásicas, y compartió opiniones sobre la modernidad, el arte, la cultura y la poesía. Este poema es parte de las Estampas Parisienses de sus “Flores del mal”.

Uno se pregunta: ¿Podría acaso un relámpago ser eterno? ¿Podría mantenerse en el tiempo y no dar paso a la oscuridad subsecuente? Una pasa, uno la admira, desea que no pase, ¿no he de verte otra vez más que fuera del tiempo? La mujer pasa, el instante se acaba y sólo queda el poema y el recuerdo fuera del tiempo. Quién sabe si se encontrarán alguna otra vez, quién sabe qué hubiese pasado, todo lo que podría haber sido, aunque el poeta afirme con certeza que ella es “a quien yo hubiese amado”, ella “que bien lo sabía”. ¿Será posible?

@SaetasdeLuis

Trazos de la memoria

El Relámpago del Catatumbo, en el lago de Maracaibo.

256. Una carroña

Poema #256.

Una carroña.

 

Alma mía, recuerda el objeto que vimos

esa hermosa mañana de verano:

al volver un sendero, una infame carroña

en un cauce sembrado de guijarros.

 

Levantadas las piernas, como un lúbrico gesto,

trasudando ardorosa sus venenos,

entreabría de un modo indiferente y cínico

su vientre rebosante de vapores.

 

Vimos cómo aquel sol se ensañaba en la podre

como para dejarla bien cocida,

devolviendo con creces a la Naturaleza

todo cuanto ella misma había unido.

 

Contemplaban los cielos el soberbio esqueleto

como una flor a punto de brotar.

El hedor era tal que allí, sobre la hierba,

creíste desplomarte desmayada.

 

Sobre aquel vientre pútrido se afanaban las moscas

y salían negruzcos batallones

de unas larvas movibles como un líquido espeso

entre aquellos andrajos de la vida.

 

Todo aquello se hundía y se hinchaba encrespándose

con destellos de espuma en las olas,

como un cuerpo animado por un soplo indecible

cuya vida creciese en sí misma.

 

Y ese mundo engendraba una música extraña,

como el agua que corre y el viento,

como el grano agitado por la rítmica mano

al girar revolviéndose en la criba.

 

Se borraban las formas, no eran más que un ensueño,

un esbozo que tarda en perfilarse

en la tela olvidada, y que acaba el artista

reviviendo tan sólo un recuerdo.

 

Tras las rocas había una perra impaciente

que tenía en los ojos el furor,

acechando el momento de volver a roer

los manjares que tuvo que soltar.

 

-¡Y pensar que serás igual que esta carroña,

que te espera la misma podredumbre,

tú, la estrella y el sol de mis ojos, mi vida,

tú, ángel mío, a quien llamo mi pasión!

 

Así tienes que ser, soberana de encantos,

tras aquel sacramento que es el último,

cuando bajo la hierba y el mantillo del campo

enmohezca tu cuerpo entre los huesos.

 

Oh, beldad mía, entonces di a los crueles gusanos

que contigo tendrán festín de besos,

que conservo la forma y la esencia divina

de estos amores míos que son polvo.

 

Charles Baudelaire.

Poeta, crítico de arte y traductor francés (1821-1867), exponente del simbolismo en Francia y lúcido escritor de su época, quien rompió con las formas poéticas clásicas compartiendo opiniones sobre la modernidad, el arte, la cultura y la poesía. Sus “Flores del mal” fueron perseguidas y mutiladas por la ley, buena parte de la sociedad de la época lo excluyó y quedó para la historia como un “poeta maldito”.

Lo feo también contiene esencia divina y puede ser hermoso. El poeta transforma la visión de una carroña en una declaración de amor que recuerda un poco, aunque de forma mucho más cruda, a uno de los sonetos de amor más hermosos de la literatura. Lo feo y lo sucio también se vuelven parte de la poesía, la modernidad acepta todo lo que permita describir las emociones que sienten sus hombres. La “estrella y sol” del poeta, la divina mujer que es exaltada, llegará en algún momento a ser carroña, y el hombre moderno está consciente de eso; su idealización incluye esa consciencia, esa claridad de saber que ese posible “polvo enamorado” será antes una carroña descompuesta y comida por los gusanos, que la hermosura se convertirá en podredumbre. Con lo que dice, el poeta parece acercarse más a la claridad de la lucidez que contentarse con la vaguedad del ensueño.

@SaetasdeLuis

244. El albatros

Poema #244.

El albatros.

 

Como un juego, a menudo en los barcos he visto

cómo cazan albatros, grandes aves marinas

que son como indolentes compañeros de viaje

tras el barco que surca los abismos amargos.

 

Una vez han caído en cubierta, esos reyes

del espacio azulado son torpones y tímidos,

y sus alas tan blancas y tan grandes son como

blandos remos que arrastran lastimosos por tierra.

 

¡Pobre alado viajero, desmañado e inerte!

¡Él que fue tan hermoso ahora es feo y risible!

Uno acerca a su pico la encendida cachimba,

otro imita cojeando al lisiado con alas.

 

El Poeta es un príncipe, gran señor de las nubes,

cuya casa es el viento, que no teme al arquero;

desterrado en el suelo, entre el vil griterío,

sus dos alas gigantes no le dejan andar.

 

Charles Baudelaire.

 

Fue un poeta, crítico de arte y traductor francés (1821-1867). María Zambrano dice de Baudelaire que “es el padre, al par que redentor, de la poesía. Y la ha redimido por aquello que parecía faltarle: la conciencia.” Fue llamado “poeta maldito” debido a su vida de bohemia y excesos, y fue un importante exponente del simbolismo francés. Este poema pertenece a sus “Flores del mal”. La poesía de Baudelaire resulta sumamente importante para ver la transición que llevó al poeta a perder su aureola y su altar.

El poeta iba con dignidad por los cielos, como “gran señor de las nubes”, hecho para volar e imponerse en el viento, donde resultaba majestuoso; sin embargo, haber caído a tierra le resulta humillante y entorpecedor, pues no está hecho para eso. Incomprendido y lastimero camina por la tierra con dos alas gigantes que apenas le dejan andar, torpemente. El poeta tiene, pues, que aprender a caminar con ellas o volver al cielo, o quitarse eso que lo llena de torpeza en el mundo por el que anda, sean alas o aureola o dignidad falsa e innecesaria. Inadaptado, el poeta hace lo que puede.

@SaetasdeLuis

Trazos de la memoria

“…y sus alas tan blancas y tan grandes son como/ blandos remos que arrastran lastimosos por tierra.”