98. Caracas

Poema #98.

Caracas.

 

Tan altos son los edificios

que ya no se ve nada de mi infancia.

Perdí mi patio con sus lentas nubes

donde la luz dejó plumas de ibis,

egipcias claridades,

perdí mi nombre y el sueño de mi casa.

Rectos andamios, torre sobre torre,

nos ocultan ahora la montaña.

El ruido crece a mil motores por oído,

a mil autos por pie, todos mortales.

Los hombres corren detrás de sus voces

pero las voces van a la deriva

detrás de los taxis.

Más lejana que Tebas, Troya, Nínive

y los fragmentos de sus sueños,

Caracas, ¿dónde estuvo?

Perdí mi sombra y el tacto de sus piedras,

ya no se ve nada de mi infancia.

Puedo pasearme ahora por sus calles

a tientas, cada vez más solitario;

su espacio es real, impávido, concreto,

sólo mi historia es falsa.

 

Eugenio Montejo.

Ya hemos publicado anteriormente poemas de Montejo en Trazos de la memoria. Poeta y ensayista venezolano, nació en Caracas en 1938 y murió en Valencia en 2008. En 1998 le fue concedido el Premio Nacional de Literatura. Fue fundador de muchos proyectos importantes como las revistas “Poesía” y “Zona Tórrida” de la Universidad de Carabobo. Publicó más de diez libros de poesía, incluyendo algunos bajo heterónimos como Sergio Sandoval, Tomás Linden, Blas Coll y Eduardo Polo. El poema de hoy pertenece a su poemario Terredad.

Caracas… “esa maravillosa equivocación española”, como la llama Cabrujas en cierta ocasión. Hay tanto que decir sobre esta ciudad que es caos y cuyo único punto cierto parece ser el Ávila. Todo lo demás se deshace, cambia, se destruye… Y quizás nos preguntamos si no somos nosotros los que nos deshacemos en esta ciudad, y nuestra historia se vuelve falsa al no encontrar ya las señas de nuestra memoria. Ese parque infantil donde nos caímos, esa calle donde dimos nuestro primer beso, el lugar donde trabajamos por primera vez, todo eso se va desmoronando con el paso inexorable de Caracas, todo eso se pierde. Se pierden los patios, las calles, las casas. Todo se deconstruye y va ocultando, con edificios cada vez más altos y más hostiles, eso único que nos hace reconocernos en Caracas: la montaña. Caracas, ¿dónde estuvo? La ciudad en nuestra memoria es una ciudad diferente a la que recorremos. Cada vez estamos más aislados, cada vez la ciudad se concreta, cada vez nuestra historia se difumina más, mientras seguimos caminando…

@SaetasdeLuis

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90. [La memoria]

Poema #90.

La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás.

Eduardo Galeano.

La memoria

tiene sus rincones

espacios para poder llorar

y no rendirse.

Sus héroes verdaderos

esos que no nombramos

los que agotaron su aliento en cada pulso

aquí y allá

los que dieron paso a toda su sangre por una herida

los que no han dado forma a ninguna estatua

los de cruces desconocidas

los que nunca fueron encontrados

los que fueron hallados sin nombre, ni linaje

los que fueron ocultados

los que fueron soldados, ahora desconocidos

nos miran.

Con ojos que no caben en la muerte…

nos entregan una historia

una herida al sur

que nunca cicatriza.

 

María Alejandra Rendón.

 

Poeta y licenciada en educación, mención lengua y literatura, por la Universidad de Carabobo. Nació en Valencia, Venezuela, en 1986. Ha publicado “Sótanos” (2005) y “Otros altares” (2007).

En los rincones de la memoria, en la historia, en esos espacios donde tomamos aliento para seguir caminando con la herida abierta hay mucho más de lo que conscientemente conocemos. Para nosotros, que caminamos en una ciudad podrida, en un país que está lleno de “héroes verdaderos que no nombramos”, “que dieron paso a toda su sangre por una herida”, reconocer esta herida que no cicatriza y que recorre todo el sur, resulta importante.

Es una herida que nunca cicatriza, abierta, que nos separa y nos hace caminar por la vida como animales heridos, con nuestra historia sangrando. Los héroes verdaderos son, quizás, quienes ven “con ojos que no caben en la muerte”, que se atreven a denunciar y a hablar de lo que está en las calles y que agotan “su aliento en cada pulso”, haciendo lo que es posible para ellos, pequeños gestos con la esperanza de sanar la herida, mientras descansan en esos rincones, esos espacios para poder llorar y no rendirse, para seguir creyendo, creando, y haciendo lo (im)posible por un país que se escribe con V de violencia, dividido y cada día con más necesidad de sanar. No podemos callar ante la necesidad de conseguir una cura a esta herida que no cicatriza, una cura mediante el arte y la cultura, que denuncian y solucionan.

@SaetasdeLuis

20. New York (Oficina y denuncia)

Poema #20.

New York (Oficina y denuncia).

A Fernando Vela

Debajo de las multiplicaciones

hay una gota de sangre de pato;

debajo de las divisiones

hay una gota de sangre de marinero;

debajo de las sumas, un río de sangre tierna.

Un río que viene cantando

por los dormitorios de los arrabales,

y es plata, cemento o brisa

en el alba mentida de New York.

Existen las montañas. Lo sé.

Y los anteojos para la sabiduría.

Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.

He venido para ver la turbia sangre,

la sangre que lleva las máquinas a las cataratas

y el espíritu a la lengua de la cobra.

Todos los días se matan en New York

cuatro millones de patos,

cinco millones de cerdos,

dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,

un millón de vacas,

un millón de corderos

y dos millones de gallos,

que dejan los cielos hechos añicos.

Más vale sollozar afilando la navaja

o asesinar a los perros en las alucinantes cacerías,

que resistir en la madrugada

los interminables trenes de leche,

los interminables trenes de sangre

y los trenes de rosas maniatadas

por los comerciantes de perfumes.

Los patos y las palomas

y los cerdos y los corderos

ponen sus gotas de sangre

debajo de las multiplicaciones,

y los terribles alaridos de las vacas estrujadas

llenan de dolor el valle

donde el Hudson se emborracha con aceite.

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Yo denuncio a toda la gente

que ignora la otra mitad,

la mitad irredimible

que levanta sus montes de cemento

donde laten los corazones

de los animalitos que se olvidan

y donde caeremos todos

en la última fiesta de los taladros.

Os escupo en la cara.

La otra mitad me escucha

devorando, orinando, volando en su pureza

como los niños de las porterías

que llevan frágiles palitos

a los huecos donde se oxidan

las antenas de los insectos.

No es el infierno, es la calle.

No es la muerte, es la tienda de frutas.

Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles

en la patita de ese gato quebrada por un automóvil,

y yo oigo el canto de la lombriz

en el corazón de muchas niñas.

Óxido, fermento, tierra estremecida.

……………………………………………….

Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina.

¿Qué voy a hacer? ¿Ordenar los paisajes?

¿Ordenar los amores que luego son fotografías,

que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?

San Ignacio de Loyola

asesinó un pequeño conejo

y todavía sus labios gimen

por las torres de las iglesias.

No, no; yo denuncio.

Yo denuncio la conjura

de estas desiertas oficinas

que no radian las agonías,

que borran los programas de la selva,

y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas

cuando sus gritos llenan el valle

donde el Hudson se emborracha con aceite.

Federico García Lorca.

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Fue un poeta, dramaturgo y prosista español, adscrito a la Generación del 27. Nació en Granada en 1898 y murió ejecutado tras la sublevación militar de la Guerra Civil Española por su afinidad con el Frente Popular y por ser abiertamente homosexual. Este poema pertenece a su libro “Poeta en Nueva York”, que fue escrito entre 1929 y 1930, durante la estancia del autor como becario en Columbia University.

La obra de “Poeta en Nueva York” de García Lorca constituye, en su totalidad, un texto armónico y extraordinario que, como él mismo describe, es “una puesta en contacto de mi [su] mundo poético con el mundo poético de Nueva York”. El resultado está lleno de sorpresas, musicalidad y revelaciones a la manera de García Lorca. El poema que comento está en la séptima parte, que habla de “una vuelta a la ciudad” y revela una denuncia de lo que el poeta ve que se hace en New York y en la ciudad. “No es el infierno, es la calle”, dice. Y así como nos muestra la ciudad desde muchas perspectivas, nos revela, también, lo que está haciendo: denunciar: “yo denuncio”. Esté donde esté, en Nueva York, en París o en Caracas, el poeta denuncia.

García Lorca enumera todo lo que se mataba en ese entonces en Nueva York, sorprendido por la producción masiva. ¿Cuánto se mata, hoy en día, en Caracas? ¿Cuáles son las cifras? ¿Cuántos “trenes de sangre” podríamos llenar? Es fácil perder consciencia de la realidad con los números, las noticias, rumores y múltiples perspectivas… Imaginémoslo en sangre, “un río de sangre tierna”. Sabemos bien que, como dice el poeta, existen las montañas, existe el cielo y sus bellezas, pero también tenemos que ver “la turbia sangre”, tenemos que ver las atrocidades que se cometen a diario, la impunidad con la que encapuchados (y no encapuchados) queman las instalaciones de la Universidad Central de Venezuela por estar en desacuerdo, cómo las diferencias se resuelven a tiros y el diálogo hace mucho perdió sus atributos conciliadores. Todos hablamos, todos queremos ser escuchados, pero ninguno de nosotros tiene la querencia (y esto es lo primero que se necesita) de escuchar al otro, de contemplar otra perspectiva. “Yo denuncio a toda la gente / que ignora la otra mitad, / la mitad irredimible… Os escupo en la cara.”

Yo denuncio, porque no se debe callar ante las atrocidades ni ante la indiferencia. “¿Qué voy a hacer? ¿Ordenar los paisajes?” No, no; yo denuncio. Yo denuncio la conjura de aquéllos que callan, de aquéllos que actúan sin preguntarse “¿por qué?”, de aquéllos que queman y destruyen, y también de aquéllos que marchan como si desfilaran, cuando hay protestas que no son una celebración, sino una agonía compartida. Poetas, denuncien. Háganse escuchar.

@SaetasdeLuis