260. Agua salvaje

Poema 260.

Agua salvaje.

 

los dientes hambrientos del ojo

cubiertos de hollín de seda

abiertos a la lluvia

todo el año

el agua desnuda

oscurece el sudor de la frente de la noche

el ojo está encerrado en un triángulo

el triángulo sostiene otro triángulo

 

el ojo a velocidad reducida

mastica fragmentos de sueño

mastica dientes de sol dientes cargados de sueño

 

el ruido ordenado en la periferia del resplandor

es un ángel

que sirve de cerradura a la seguridad de la canción

una pipa que se fuma en el compartimiento de fumadores

en su carne los gritos se filtran por los nervios

que conducen la lluvia y sus dibujos

las mujeres lo usan a modo de collar

y despierta la alegría de los astrónomos

 

todos lo toman por un juego de pliegues marinos

aterciopelado por el calor y el insomnio que lo colora

 

su ojo sólo se abre para el mío

no hay nadie sino yo que tenga miedo cuando lo mira

y me deja en estado de respetuoso sufrimiento

allí donde los músculos de su vientre y de sus piernas inflexibles

se encuentran en un soplido animal de hálito salino

aparto con pudor las formaciones nubosas y su meta

carne inexplorada que bruñen y suavizan las aguas más sutiles

 

Tristan Tzara.

 

Poeta y ensayista que nace en Rumania en 1896 y muere en Francia en 1963. Su verdadero nombre, aunque él lo negó rotundamente, parece ser Samuel Rosenstock. Fue miembro fundador del dadaísmo, junto con Hugo Ball, Marcel Jank, Jean Arp y otros. Escribió los considerados primeros textos Dadá y los manifiestos del movimiento. En 1922 se distanció de Breton y sus amigos, quienes querían hacer algo más constructivo, pero en 1929 volvió a juntarse con ellos en lo que se conocería como el movimiento surrealista.  Este poema pertenece a su libro de 1923, De nos oiseaux.

Hay mucho que decir de Tristan Tzara, de lo que creó más allá de su obra poética, de la ruptura que significó el movimiento dadaísta en la historia, de la necesidad humana que expresaba el vanguardismo en el momento histórico en el que estaban viviendo. Todo lo que concierne al agitado tiempo en el que se gestaron las vanguardias, las guerras mundiales y la industrialización; la necesidad de ruptura, de reorganizar el mundo me resulta muy interesante y se refleja, por supuesto, en el arte. El arte siempre habla de lo que se está viviendo, ¿qué nos dice el arte de hoy en día? Preguntémonos eso a ver qué estamos haciendo y qué está sucediendo con la cultura y la vida.

A pesar de que este libro es publicado un año antes de los Siete manifiestos Dadá, su estilo no parece cumplir la manera de escribir que recomienda Tzara en uno de sus manifiestos (Coja un periódico, coja unas tijeras, escoja en el periódico…), el poema tiene imágenes que sorprenden, que intrigan, que generan algo rítmicamente dentro de nosotros, que nos asombran. Sin signos de puntuación, nosotros mismos le damos el ritmo, y sentimos sus imágenes de una manera particular. El poema se mueve como un agua salvaje, y el encuentro también.

“su ojo sólo se abre para el mío/ no hay nadie sino yo que tenga miedo cuando lo mira”

@SaetasdeLuis

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145. La palabra

Poema #145

La palabra

Aquel niño vivía serenamente
en su rincón de sombra provinciana. A la orilla
del mar, había aceptado la realidad y, bajo las estrellas,
la noche era solemne, dura y sola.
No recordaba ya sino navíos,
sino cansancio y faros a lo lejos. Tendido,
el mar se confundía con el hombre: bastaba
un soplo,
cerrar los ojos un instante, y perezosamente
todo el paisaje se desmoronaba,
daba lugar a sombras sucediéndose, o mejor,
era la muerte lo que sucedía.

¿Cómo salvarse entonces, vigilante
entre el terror y la serenidad?
¿Qué respuesta entregar a la noche, a lo desvanecido,
sino el relato privado de un proceso, efímero
como la misma infancia insolidaria?

A solas, juez y parte de la historia extinguida,
buscó en sí mismo la noticia exacta
de lo desconocido.
Y nació la palabra. Sólo entonces,
con negación y sin remordimientos,
halló una certidumbre verdadera.

 Carlos Sahagún 

Poeta español.  Nació el 4 de junio de 1938. Cursó estudios de Filosofía y Letras en Madrid. Ejerció la docencia como Catedrático de Lengua y Literatura Españolas en Segovia, Barcelona. Obtuvo los premios: Adonais en 1957, Boscán en 1960, Juan Ramón Jiménez en 1974, Provincia de León en 1978 y Nacional de Literatura en 1980. Su obra poética consta de cuatro poemarios: “Profecías del agua”, “Como si hubiera muerto un niño”, “Estar contigo” y “Primer y último oficio”.

Crear con el idioma, esa maravilla que hacen los escritores. Reinventarse, una y otra vez en la palabra escrita, trascendiendo. Esas historias que aguardan suspendidas por un poeta, por un novelista, cuentista, por un hombre que se da a la tarea de darles espacio, tiempo y trabajo; historias, imágenes que encuentran en la letra de un sujeto su pasaje a la inmortalidad. No perder la fuerza y trabajar diariamente por el lenguaje, por la magia de la palabra y el poder de llegar a otros a través de un libro.

Gracias a todos esos escritores, que enseñan que el mejor de los viajes se inicia entre las páginas de un libro. ¡Feliz día del libro y del idioma!

@LauraAlessR


90. [La memoria]

Poema #90.

La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás.

Eduardo Galeano.

La memoria

tiene sus rincones

espacios para poder llorar

y no rendirse.

Sus héroes verdaderos

esos que no nombramos

los que agotaron su aliento en cada pulso

aquí y allá

los que dieron paso a toda su sangre por una herida

los que no han dado forma a ninguna estatua

los de cruces desconocidas

los que nunca fueron encontrados

los que fueron hallados sin nombre, ni linaje

los que fueron ocultados

los que fueron soldados, ahora desconocidos

nos miran.

Con ojos que no caben en la muerte…

nos entregan una historia

una herida al sur

que nunca cicatriza.

 

María Alejandra Rendón.

 

Poeta y licenciada en educación, mención lengua y literatura, por la Universidad de Carabobo. Nació en Valencia, Venezuela, en 1986. Ha publicado “Sótanos” (2005) y “Otros altares” (2007).

En los rincones de la memoria, en la historia, en esos espacios donde tomamos aliento para seguir caminando con la herida abierta hay mucho más de lo que conscientemente conocemos. Para nosotros, que caminamos en una ciudad podrida, en un país que está lleno de “héroes verdaderos que no nombramos”, “que dieron paso a toda su sangre por una herida”, reconocer esta herida que no cicatriza y que recorre todo el sur, resulta importante.

Es una herida que nunca cicatriza, abierta, que nos separa y nos hace caminar por la vida como animales heridos, con nuestra historia sangrando. Los héroes verdaderos son, quizás, quienes ven “con ojos que no caben en la muerte”, que se atreven a denunciar y a hablar de lo que está en las calles y que agotan “su aliento en cada pulso”, haciendo lo que es posible para ellos, pequeños gestos con la esperanza de sanar la herida, mientras descansan en esos rincones, esos espacios para poder llorar y no rendirse, para seguir creyendo, creando, y haciendo lo (im)posible por un país que se escribe con V de violencia, dividido y cada día con más necesidad de sanar. No podemos callar ante la necesidad de conseguir una cura a esta herida que no cicatriza, una cura mediante el arte y la cultura, que denuncian y solucionan.

@SaetasdeLuis

72. La casa del viento

Poema #72.

La casa del viento.

La casa de mi madre

aún no tiene nombre.

¿Cómo aprenderé a rezar?

¿A quién le ofrezco el dolor de cabeza?

Canto descalza,

repito secretos a los santos,

enciendo velas expuestas al amanecer,

atravieso la humedad de la vigilia,

el olor del milagro.

Coloco una taza de café sobre la mesa.

Observo

cómo la luz de su rostro

mueve las sábanas,

alivia mi cuerpo.

Erika Reginato.

Caracas, Venezuela, 1977. Es poeta, ensayista y traductora. Graduada en Letras de la Universidad Central de Venezuela. Ha publicado un libro de ensayos llamado “Cuatro estacionees para Ungaretti” (2004) y varios poemarios.

El poema me gusta especialmente porque me hace pensar en un cuadro impresionista. “La madre del pintor”, de Toulouse Lautre, pintado en 1882, mantiene una incertidumbre similar a la que genera el poema. Uno está en la casa de la madre del artista, ese lugar que debería ser nítido y seguro, pero que en ambas representaciones se difumina, conlleva dudas. Las luces, la vigilia, el amanecer, todas estas señales parecen indicar a un momento neutro del día en el que la madre detiene sus faenas para disfrutar de una pequeña calma.

Pintura impresionista de 1882
La madre detiene su vigilia, sus faenas, para dedicarse a su taza de café.

 La figura de la madre resulta iluminadora, sanadora: “la luz de su rostro mueve las sábanas, alivia mi cuerpo”. La blancura en la pintura de Lautrec, el brillo en su rostro resaltan una pureza similar, ante la madre que podría haber pasado una noche de vigilia cuidándonos un dolor de cabeza o un malestar, y que descansa finalmente en la calma del amanecer para acercarse a esa taza de café que reposa en la mesa y en la que concentra toda su atención en el momento de la pintura; el artista (la escritora o el pintor) la observan con admiración y agradecimiento, en la casa del viento que cobra cuerpo en la figura materna.

@SaetasdeLuis

22. El balcón

Poema #22.

El balcón.

Madre de los recuerdos, irrepetible amante,

tú, todas mis delicias, tú, todos mis deberes,

siempre recordarás las caricias perfectas,

el halago del fuego, la gracia de las noches,

madre de los recuerdos, irrepetible amante.

 

En noches encendidas por un ardor de brasas,

o en el balcón, veladas por rosados vapores,

¡Qué dulce era tu pecho, tu corazón qué grato!

¡A menudo dijimos tan inmortales cosas

en noches encendidas por un ardor de brasas!

 

¡Qué bellos son los soles en los atardeceres!

¡Qué profundo el espacio, qué poderosa el alma!

Sobre tí me inclinaba, idolatrada reina,

creyendo respirar de tu sangre el perfume.

¡Qué bellos son los soles en los atardeceres!

 

El muro de la noche en torno se espesaba,

mis ojos en lo oscuro sentían tus pupilas

y bebía tu aliento, oh dulzura, oh veneno!

Tus pies entre mis manos fraternales dormían

El muro de la noche en torno se espesaba.

 

Sé el arte de evocar los minutos felices.

Revivo mi pasado: cabe entre tus rodillas.

¿Y dónde buscaría tus lánguidos encantos

sino en tu dulce cuerpo, tu corazón tan tierno?

Sé el arte de evocar los minutos felices.

 

Juramentos, perfumes y besos infinitos,

¿renacerán de abismos vedados a mi sonda?

como soles mojados en los mares profundos

que jóvenes de nuevo ascienden a los cielos?

¡Oh besos infinitos, perfumes, juramentos!

 

Charles Baudelaire.

 

Fue un poeta, crítico de arte y traductor francés (1821-1867). María Zambrano dice de Baudelaire que “es el padre, al par que redentor, de la poesía. Y la ha redimido por aquello que parecía faltarle: la conciencia.” Fue llamado “poeta maldito” debido a su vida de bohemia y excesos, y fue un importante exponente del simbolismo francés. “El balcón” se encuentra en su obra “Las flores del mal”.

En mí resuena especialmente el verso que dice “sé el arte de evocar los minutos felices”, puesto que ése es el arte del poeta, y parte de su poder. Recordando, a través del poema, Baudelaire recrea un tiempo pasado, lo trae de nuevo a la vida, e inmortaliza el instante en él. Como dice María Zambrano, algo muy importante en Baudelaire y su tiempo es la capacidad del poeta de cobrar consciencia de sí mismo y de escribir sobre eso en su misma obra. El poeta pierde la aureola, pero es conocedor del arte que implica evocar los minutos felices, el arte de la imaginación y de la recreación, a través de la palabra, de la realidad. La recrea, no sólo para él mismo, sino también para todos aquéllos que lean sus poemas y “revivan su pasado”. En la poesía, universalizamos el instante.

@SaetasdeLuis