288. [Te lo ruego, dulce Ipsitila mía,]

Poema #288.

 

Te lo ruego, dulce Ipsitila mía,

encantos y delicias de mi vida,

invítame a tu casa por la siesta

y hazme este otro favor, si es que me invitas:

que nadie eche el cerrojo de la puerta

y ten tú la bondad de no salir.

Mejor quédate en casa preparada

para echar nueve polvos sin parar.

Aunque invítame ya, si vas a hacerlo,

que acabo de comer y, panza arriba,

atravieso la túnica y el manto.

 

Catulo.

Poeta latino. Nació en Verona en el año 87 a.C. y murió en Roma alrededor del 57 a.C. Estudió en Roma, donde se enamoró de Clodia, casada con el gobernador de la Galia Cisalpina y hermana del tribuno Plubio Clodio Pulcro, enemigo de Cicerón. Muchos de sus epigramas y versos son en relación a ella.

Éste es de sus epigramas directos y vulgares, sin metáforas herméticas ni imágenes profundas, Catulo utiliza sus versos para clamar a una mujer -Ipsitila, en este caso- que le deje la puerta abierta para encontrarse, encuentro en el que espera hacérselo nueve veces seguidas, puesto que el ímpetu sobresale de su túnica y su manto. La poesía queda al servicio de las necesidades primordiales del poeta.

@SaetasdeLuis

236. [¡Venid todos aquí, endecasílabos,]

Poema #236.

 

¡Venid todos aquí, endecasílabos,

aquí, de todas partes, venid todos!

Que una puta se quiere divertir

negándose la infame a devolverme

vuestras tablas. ¿Lo vais a permitir?

Acosémosla, pues, y reclamemos.

¿Que quién es? la del sucio contoneo,

que ríe como un mimo repugnante

con su boca de galgo galicano.

¡Rodeadla y a voces reclamad!:

‘¡Puta hedionda, devuélvenos los libros,

devuélvenos los libros, puta hedionda!’.

¿Que no te importa nada? ¡Burdel, fango

o bajeza mayor si aún es posible…!

Pero no hemos de darnos por vencidos,

saquemos, por lo menos, los colores

a la cara de hierro de esa perra.

¡Gritad de nuevo a coro en voz más alta!:

‘¡Puta hedionda, devuélvenos los libros,

devuélvenos los libros, puta hedionda!’.

Mas de nada nos vale. Ni se inmuta;

se ha de cambiar de táctica y e tono

a ver si así sacáis algún provecho:

‘¡Virgen casta, devuélvenos los libros!’.

 

Catulo.

 

Poeta latino nacido en Verona en el año 87 a.C., falleció en Roma alrededor del 57 a.C. Estudió en Roma, donde pasó varias temporadas hasta establecerse definitivamente, se enamoró de Clodia, quien fue fuente de inspiración para muchos de sus epigramas y poemas, casada con el gobernador de la Galia Cisalpina y hermana del tribuno Plubio Clodio Pulcro, enemigo de Cicerón.

Hay temas que son recurrentes en la vida de los poetas, que uno puede ver trazarse y conectarse a lo largo de la historia. Hace más de dos mil años, Catulo escribía lo que hace poco escribió Bukowski a la puta que se llevó sus poemas. Comparar ambos poemas resulta extraordinario, porque uno puede imaginarse, casi, a ambos poetas sentados en un bar, conversando sobre el tormento que les causaron sus respectivas putas al robarles sus poemas. Con estilos sumamente diferentes, y una manera de expresarlos distinta, nos encontramos ante lo mismo: eso que tanto le duele al poeta, quedarse sin sus textos y no poder recuperarlos. Ha pasado y seguirá pasando, así que ¡cuiden sus textos!

@SaetasdeLuis

180. [Preguntas, Lesbia, cuántos besos tuyos]

Poema #180.

 

Preguntas, Lesbia, cuántos besos tuyos

me serían bastantes y de sobra.

Tantos como la arena que de Libia

yace con laserpicios en Cirene,

entre el ardiente oráculo de Júpiter

y el sepulcro del viejo y sacro Bato;

o tantos como estrellas que contemplan,

cuando calla la noche, los amores

furtivos de los hombres. Tantos besos

a este loco le bastan y le sobran:

que no puedan contarlos los mirones

ni echarles maldiciones envidiosas.

 

Catulo.

 

Poeta latino que nació en Verona en el año 87 a.C. y murió en Roma alrededor del 57 a.C., donde estudió, se enamoró de Clodia, casada con el gobernador de la Galia Cisalpina y hermana del tribuno Plubio Clodio Pulcro, enemigo de Cicerón. Ella aparece en sus versos con un nombre de valor métrico equivalente, Lesbia, que refiere a la afición común de los amantes a Safo de Lesbos. Continúa hablando de la misma manera amorosa que en otro de sus poemas, publicado anteriormente.

Algunos de los temas del otro poema publicado en el blog se repiten: los besos y su cantidad, la posibilidad de que los mirones los cuenten y, así, les echen maldiciones envidiosas, y el deseo de más que siempre tiene el enamorado. ¿Cuántos besos son suficientes, siquiera, cuántos bastarían para quedar satisfechos? Tantos como las estrellas o los granos de arena, porque resultan incontables. Entregarse al amor es entregarse a lo infinito, a lo inconmensurable. Nos entregamos a eso que nos envuelve y nos excede, nunca es bastante, nunca de sobra.

@SaetasdeLuis

68. [Vivamos, Lesbia mía, y amemos]

Poema #68.

Vivamos, Lesbia mía, y amemos;

los rumores severos de los viejos

que no valgan ni un duro todos juntos.

Se pone y sale el sol, mas a nosotros,

apenas se nos pone la luz breve,

sola noche sin fin dormir nos toca.

Pero dame mil besos, luego ciento,

después mil otra vez, de nuevo ciento,

luego otros mil aún, y luego ciento…

Después, cuando sumemos muchos miles,

confundamos la cuenta hasta perderla,

que hechizarnos no pueda el envidioso

al saber el total de nuestros besos.

Catulo.

Poeta latino que nació en Verona en el año 87 a.C. y murió en Roma alrededor del 57 a.C. Estudió en Roma, se enamoró de Clodia, casada con el gobernador de la Galia Cisalpina y hermana del tribuno Plubio Clodio Pulcro, enemigo de Cicerón. Ella aparece en sus versos con un nombre de valor métrico equivalente, Lesbia, que refiere a la afición común de los amantes a Safo de Lesbos. La relación con Clodia fue conflictiva ya que, después de entregarse por primera vez a él, le fue infiel, y dejó a Catulo en un constante debate entre el amor y el odio por ella y sus conocidos.

Este poema, en pleno éxtasis amoroso y celebratorio, invita a Lesbia a vivir, a amar; es una exaltación del instante presente, feliz. En ese momento del amor no importa nada: ni los rumores, ni los envidiosos, ni lo que está bien o mal, sólo el hecho de estar con el otro cobra absoluta importancia, el darse “mil besos, luego ciento, después mil otra vez…” y olvidarse del mundo para entregarse a la amada.

Ya desde estos tiempos se escribía de manera íntima, amorosa y dedicada, con la excepcional habilidad que lo hace Catulo, con el juego rítmico que genera la petición repetida de más y más besos que cierra con el olvido de la cuenta inacabable. En esa época se creía que el conocimiento exacto del número de besos podría atraer las maldiciones de los envidiosos (que, también, siempre han existido) y por eso resulta tan importante que los amantes, luego de hablar de los miles y cientos de besos que se darán, olviden la cuenta y sigan entregados al acto amoroso que los separa del mundo en una “sola noche sin fin”, sin tiempo, sin más espacio que el que ocupan ellos mismos.

@SaetasdeLuis