256. Una carroña

Poema #256.

Una carroña.

 

Alma mía, recuerda el objeto que vimos

esa hermosa mañana de verano:

al volver un sendero, una infame carroña

en un cauce sembrado de guijarros.

 

Levantadas las piernas, como un lúbrico gesto,

trasudando ardorosa sus venenos,

entreabría de un modo indiferente y cínico

su vientre rebosante de vapores.

 

Vimos cómo aquel sol se ensañaba en la podre

como para dejarla bien cocida,

devolviendo con creces a la Naturaleza

todo cuanto ella misma había unido.

 

Contemplaban los cielos el soberbio esqueleto

como una flor a punto de brotar.

El hedor era tal que allí, sobre la hierba,

creíste desplomarte desmayada.

 

Sobre aquel vientre pútrido se afanaban las moscas

y salían negruzcos batallones

de unas larvas movibles como un líquido espeso

entre aquellos andrajos de la vida.

 

Todo aquello se hundía y se hinchaba encrespándose

con destellos de espuma en las olas,

como un cuerpo animado por un soplo indecible

cuya vida creciese en sí misma.

 

Y ese mundo engendraba una música extraña,

como el agua que corre y el viento,

como el grano agitado por la rítmica mano

al girar revolviéndose en la criba.

 

Se borraban las formas, no eran más que un ensueño,

un esbozo que tarda en perfilarse

en la tela olvidada, y que acaba el artista

reviviendo tan sólo un recuerdo.

 

Tras las rocas había una perra impaciente

que tenía en los ojos el furor,

acechando el momento de volver a roer

los manjares que tuvo que soltar.

 

-¡Y pensar que serás igual que esta carroña,

que te espera la misma podredumbre,

tú, la estrella y el sol de mis ojos, mi vida,

tú, ángel mío, a quien llamo mi pasión!

 

Así tienes que ser, soberana de encantos,

tras aquel sacramento que es el último,

cuando bajo la hierba y el mantillo del campo

enmohezca tu cuerpo entre los huesos.

 

Oh, beldad mía, entonces di a los crueles gusanos

que contigo tendrán festín de besos,

que conservo la forma y la esencia divina

de estos amores míos que son polvo.

 

Charles Baudelaire.

Poeta, crítico de arte y traductor francés (1821-1867), exponente del simbolismo en Francia y lúcido escritor de su época, quien rompió con las formas poéticas clásicas compartiendo opiniones sobre la modernidad, el arte, la cultura y la poesía. Sus “Flores del mal” fueron perseguidas y mutiladas por la ley, buena parte de la sociedad de la época lo excluyó y quedó para la historia como un “poeta maldito”.

Lo feo también contiene esencia divina y puede ser hermoso. El poeta transforma la visión de una carroña en una declaración de amor que recuerda un poco, aunque de forma mucho más cruda, a uno de los sonetos de amor más hermosos de la literatura. Lo feo y lo sucio también se vuelven parte de la poesía, la modernidad acepta todo lo que permita describir las emociones que sienten sus hombres. La “estrella y sol” del poeta, la divina mujer que es exaltada, llegará en algún momento a ser carroña, y el hombre moderno está consciente de eso; su idealización incluye esa consciencia, esa claridad de saber que ese posible “polvo enamorado” será antes una carroña descompuesta y comida por los gusanos, que la hermosura se convertirá en podredumbre. Con lo que dice, el poeta parece acercarse más a la claridad de la lucidez que contentarse con la vaguedad del ensueño.

@SaetasdeLuis

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