152. Mucho más allá

Poema #152.

Mucho más allá.

 

¿ Y si nos vamos anticipando

de sonrisa en sonrisa

hasta la última esperanza?

 

¿Y qué?

¿Y qué me das a mí,

a mí que he perdido mi nombre,

el nombre que me era dulce sustancia

en épocas remotas, cuando yo no era yo

sino una niña engañada por su sangre?

 

¿A qué , a qué

este deshacerme, este desangrarme,

este desplumarme, este desequilibrarme

si mi realidad retrocede

como empujada por una ametralladora

y de pronto se lanza a correr,

aunque igual la alcanzan,

hasta que cae a mis pies como un ave muerta?

Quisiera hablar de la vida.

Pues esto es la vida,

este aullido, este clavarse las uñas

en el pecho, este arrancarse

la cabellera a puñados, este escupirse

a los propios ojos, sólo por decir,

sólo por ver si se puede decir:

“¿Es que yo soy? ¿Verdad que sí?

¿No es verdad que yo existo

y no soy la pesadilla de una bestia?”

 

Y con las manos embarradas

golpeamos a las puertas del amor.

Y con la conciencia cubierta

de sucios y hermosos velos,

pedimos por Dios.

Y con las sienes restallantes

de imbécil soberbia

tomamos de la cintura a la vida

y pateamos de soslayo a la muerte.

 

Pues esto es lo que hacemos.

Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa

hasta la última esperanza.

 

Alejandra Pizarnik.

Poeta argentina, nace y muere en Buenos Aires (1936-1972). Licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de Buenos Aires, posteriormente viajó a París donde estudió Literatura Francesa en La Sorbona y trabajó en el campo literario. Es considerada una importante representante del surrealismo poético. Este es el cuarto poema suyo que publicamos en Trazos de la memoria.

Hay poemas que, cuando los leemos por primera vez, representan un extraordinario hallazgo que nos sacude y nos asombra. Mi primera lectura de este poema fue así, y aún no deja de sorprenderme cada una de sus relecturas, así como todo lo que contiene en sí mismo, todo lo que dice de forma directa o velada, todo lo que permite pensar y sentir. Y no es sólo lo que dice, sino la forma en la que lo hace, comenzando con una duda que desarrolla y finalmente resuelve: “Pues esto es lo que hacemos. Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa hasta la última esperanza.”

La vida y la muerte siempre se disputan espacios y, soberbios, nos entregamos a la vida y pateamos a la muerte. No sólo nos entregamos, la tomamos de la cintura y la hacemos nuestra. La “realidad retrocede como empujada por una ametralladora” y es parte de la vida empujarla, perseguirla, deshacerla y rehacerla, “pues esto es la vida”, entregarse, clavarse las uñas, aullar; deshacerse, desequilibrarse, existir.

@SaetasdeLuis

151. Roturas

Poema #151

Roturas

He roto capítulos, noches
imágenes de un álbum viejo
Incendiaria
he acabado con frases
reflejos en un cuaderno de notas
Hay cosas por las que no hablaré más
Pero todo vuelve a surgir, punzante
entre el silencio decidido
y apela y demanda

He guardado papeles, memorias, hojas
aminoro así el dolor
y preciso sus perfiles
hundo el asalto de imágenes entre sombras
acallo.

No he despedazado la memoria de instantes de dicha
diminutos tiempos de un abismarse sobre lo sin fondo
de las cosas

no he descuartizado el abrazo
ni la rara plenitud que invade frente al mar

Debo cumplir rituales una y otra vez
debo repetirme y repetirlos
y no saberlos
pues líquidos huyen
para que fundemos siempre de nuevo
la continuidad de nosotros mismos.

Hanni Ossott

Poeta venezolana. Nació  el 14 de febrero de 1946. Hija de padres alemanes, se desempeñó como profesora de la Escuela de Letras de la U.C.V. Entre sus poemarios se encuentran: “Hasta que llegue el día y huyan las sombras”, “El reino donde la noche se abre”, “Plegarias y penumbras”, “Cielo, tu arco grande”, “Casa de agua y de sombras” y “El circo roto”. Fue esposa de Manuel Caballero. Galardonada con el Premio Nacional de Poesía José Antonio Ramos Sucre y el Premio Nacional de Poesía. Fallece el 31 de diciembre de 2002. Podrás encontrar otros poemas de ella publicados con anterioridad en este blog.

En cada pérdida, en cada encuentro dejamos algo de nosotros. Un pedazo de eso que nos constituye nos abandona dando paso al cambio. Y cumplimos rituales de despedida, rituales de sanación, para componernos de nuevo. Nos repetimos desde el olvido voluntario. Nos repetimos para aminorar los daños, por necesidad. Enlazamos recuerdos, apuntes, notas para acumular pistas, pequeñas revelaciones que nos recuerden la esencia de lo que somos (creemos que somos). A(r)marnos una y otra vez para mantener “la continuidad de nosotros mismos.”

@LauraAlessR

150. Objetos perdidos

Poema #150.

Objetos perdidos.

 

Por veredas de sueño y habitaciones sordas

tus rendidos veranos me acechan con sus cantos.

Una cifra vigilante y sigilosa

va por los arrabales llamándome y llamándome,

 

pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta

donde están tu nombre, tu calle y tu desvelo,

si la cifra se mezcla con las letras del sueño,

si solamente estás donde ya no te busco.

 

Julio Cortázar.

Nace en Ixelle (Bruselas) en 1914 y reside en Buenos Aires desde los cuatro años. Gracias a una beca del gobierno francés, se instaló en París en 1951, donde fallecerá en el año 1984. Aunque  es conocido como intelectual argentino, se nacionalizó francés. Tuvo una prolífica obra literaria, en la que destacan sus cuentos, sus poemas y su novela “Rayuela”. Se le suele incluir dentro del movimiento surrealista. Hemos publicado anteriormente tres poemas suyos en el blog.

En el ensueño y en la memoria perdemos, en ocasiones, objetos que valoramos enormemente, que desearíamos tener siempre presentes y a la mano, pero la memoria puede ser caprichosa, y el sueño se encarga de mostrarnos nuestra vida de forma diferente a la que podríamos controlar de forma racional. Así, se pierde un objeto importante para nosotros, y vagamos buscando a esa persona que sólo está donde ya no buscamos, que nos llama y nos llama pero no podemos encontrar. ¿A dónde van a parar los objetos perdidos en nuestros sueños?

@SaetasdeLuis

149. VI

Poema #149

VI

Yo soy la amante

Baraja
que salta de tu mano
y es oro
sota
y
reina
al mismo tiempo

Tu ojo ama la ilusión de empezar

Yo
soy la amante
Una y múltiple

Elena Vera

Poeta y ensayista venezolana. Nació en Caracas en 1939. Se crió en Ciudad Bolívar. Fue profesora de crítica literaria y latín. Obtuvo varios reconocimientos entre los cuales se pueden nombrar: Alfonsina Storni (1983), Premio Municipal de Literatura  (1986) y  Premio José Antonio Ramos Sucre (1980). También se desempeñó como presidenta de la Asociación de Escritores de Venezuela. Entre sus obras se encuentran: “El celacanto”, “De amantes”, “Sombraduras”, entre otros. Fallece en 1996. Ya publicados anteriormente: “III” y “VIII”.

Controversia, contradicción, enigma… Definitivamente mujer, en un juego de cartas nuevamente. Definitivamente amante. Orden y desorden, ¿en qué posición cayó la baraja? Pasión, acción que encanta y deleita., ella no se ha movido de la mesa.  Un juego que aún no empieza, ella y él frente a frente. Ella está en todas partes.

@LauraAlessR

148. REALIDAD

Poema #148.

REALIDAD.

 

Tuve que disentir,

ocultarme,

desaparecer.

 

Tuve

que ser disonancia.

 

Tuve que dejarme ir

a la deriva

sin explicar.

 

Tuve que esconder

el rostro,

volverme

huidizo,

callar, acallar

(cuando acaso era útil

una simple aclaración).

 

Se me juzgaba con ley de hombre

pero nunca fui interrogado.

 

Todo

fue por ti,

y no te he visto.

 

Rafael Cadenas.

 

Poeta y ensayista venezolano, nacido en Barquisimeto, en el año 1930. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1985, formó parte del grupo “Tabla Redonda” y dio clases en la Escuela de Letras de la UCV, entre otras muchas cosas. Este poema pertenece a su poemario de 1977, “Intemperie”.

Todo, todo esto, ha sido, es, y seguirá siendo por ti, y aún no te he visto. En realidad, hay infinidad de realidades.

@SaetasdeLuis

147. Paréntesis en zoología para represar a la palabra “Amor”

Poema #147

Paréntesis en zoología para represar a la palabra “Amor”

Por la jirafa,

que aspira a morder la luna;

por la cebra,

que al nacer se revolcó en un banco

recién pintado;

por el asno,

que se robó la flauta de Bartolo

y que piensa –como todo el mundo-

que la grama es verde y que la luna

es oro;

por el galápago,

que heredó el peto de Amadís de Gaula

y que afirma, con risa subcutánea,

que su concha de anacrónica Edad Media

fue modelo en las fraguas de la Muerte

para el tanque blindado de esta guerra;

por el ratón,

que anda siempre temiéndole al estoque

de Hamlet;

por el mono,

que ahora sí tiene miedo de ser hombre;

por la mariposa,

cromática reducción del aeroplano;

por el loro,

dictáfono de chicos y grandes de la casa…

Y por todos los que a tiempo no acudieron

al refugio del Arca, y no sintieron

el bronce de las voces patriarcales,

Alicia –Sherezada, Blanca Nieve-

Alicia, mirlo blanco, yo te quiero!

(Del corazón del pez saltó Esmeralda)

y Aquiles del talón del oso blanco,

Penélope a la tela de una araña

y el gordo Tartarín a Rocinante).

Alicia: Jezabel, Martha, María.

Alicia: fuente limpia, rama nueva.

Alicia, uva del tiempo, corza mía.

Alicia,  mirlo blanco, yo te quiero!

Luis Pastori.

El poeta y economista venezolano Luis Pastori, nació el 25 de agosto de 1921, en La Victoria, conocida como la “Ciudad de la Juventud”, ubicada en el estado Aragua. En el Banco Central de Venezuela, llegó a ser Vicepresidente de la institución. Fue directivo del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG). Es individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua. Premio Nacional de Literatura en 1963. Es conocido por ser coautor del Himno Universitario de la UCV. Este poema pertenece al País del Humo editado en 1948.

Paréntesis en zoología para represar la palabra amor es un poema antológico de Pastori, traslada la fábula a la poesía y la relaciona con la mitología. Rompe con los esquemas clásicos que hasta ese momento presentaba la poesía castellana. En el poema muestra ese agradable, eufónico y libre fluir de la emoción poética.

Armaray Mijares

(Contribución)

146. Los beduinos

Poema #146.

Los beduinos.

 

Cuando los chacales pasan con lenta ira,

grises de penumbra,

cabizbajos en el hambre,

llorando como seres del infierno,

mordiendo la nada

con afilados dientes

enrojecidos por las llamas

que levanta el amanecer,

huyendo en un día de la eternidad,

en un allí infinito de amarillo y fuego,

en medio del tiempo del sol y de la arena,

los beduinos se arrodillan y besan el desierto.

El camello los acompaña en su adusto silencio,

confundido con las ondulaciones de ese mundo.

De pie, ellos dicen:

“Cuando Dios creó el mundo, Él tomó el viento y con el viento Él hizo los beduinos. Después Él tomó una flecha, y con la flecha Él hizo el caballo. Después Él tomó el barro, y con el barro Él hizo el asno. En fin, por pura conmiseración, Él tomó el estiércol del asno, y con el estiércol del asno Él hizo los campesinos y los ciudadanos”.

 

Así los beduinos son como el jamsín,

el viento del sur y del este

que levanta demonios de arena

en las horas caniculares del alma,

cuando las mujeres ocultan su rostro

entre paños negros

para que en nosotros el sol sea más ardiente.

Lejos están las ciudades blancas,

los rumbos de la canela y el azafrán.

No hay ni lunes ni jueves, ni un día de fiesta.

Sólo el viento en que lloran los muertos,

el viento que dispersa a los beduinos,

que los lleva con sus tiendas negras,

hechas con pelambre de cabra negra.

Apenas un tenso diálogo

existe entre su nacimiento y su muerte,

entre el amanecer y la caída de la noche

que vuelve a encender las arenas

en un misterio rojo de horizontes.

Ellos son los puntos cardinales,

sin un árbol, sin una nube,

de pie en sus aniversarios astrales,

de pie, siempre de pie,

porque saben que ellos también serán arena.

Viajan de confín en confín,

rodeados de animales,

de generación en generación,

de siglo en siglo,

y cuando se les ve entre las rocas,

sus ojos son de halcones,

como si hubieran volado con la arena

por el viento.

Yo he estado en algunas de sus tiendas,

en medio de tapices, colchones, cojines,

enseres de cocina y flautas pastoriles.

Me han ofrecido café,

molido al son de sus tambores.

De pie, cada uno de ellos era un silencio grave,

en su larga túnica de mercaderes de estrellas.

Alejaron a las mujeres

de la presencia del extranjero.

Pero una mujer joven,

con su rostro oculto,

me ofreció agua de cisterna.

En sus ojos negros

vi el fulgor de un amor peligroso,

y la muerte como arena del desierto.

 

Vicente Gerbasi.

Escritor, poeta y diplomático venezolano, nacido en Canoabo, Carabobo, en 1913 y fallecido en Caracas en 1992. Especialmente conocido por su extenso poema “Mi padre, el inmigrante” (1945). Publicó una considerable cantidad de poemarios durante su vida, siempre buscando “descifrar los misterios de su tierra” como dice Francisco Pérez Perdomo. Fue miembro del Grupo Viernes. Este poema pertenece a su libro “Poesía de viajes” (1968).

A lo largo del poema, Gerbasi muestra la historia de los beduinos; algunas de sus características, sus rasgos, su manera de estar en la Tierra, su mundo. Desde lo más general, llega al momento concreto y específico en el que él se encuentra, y que a mí me parece una extraordinaria historia de amor; todo el poema prepara el ambiente para los últimos seis versos en los que un fulgor muestra la presencia del poeta y su motivo para escribir ese poema sobre los beduinos, esa tribu del viento que se esparce por los desiertos, que no es piadosa, que representa otro mundo, “ese mundo”, como bien dice. Es extraordinaria la manera de Vicente Gerbasi de comprender y plasmar el mundo de los beduinos en el texto, y así poder (¿re?)crear ese historia de amor diferente y breve, efímera.

@SaetasdeLuis

145. La palabra

Poema #145

La palabra

Aquel niño vivía serenamente
en su rincón de sombra provinciana. A la orilla
del mar, había aceptado la realidad y, bajo las estrellas,
la noche era solemne, dura y sola.
No recordaba ya sino navíos,
sino cansancio y faros a lo lejos. Tendido,
el mar se confundía con el hombre: bastaba
un soplo,
cerrar los ojos un instante, y perezosamente
todo el paisaje se desmoronaba,
daba lugar a sombras sucediéndose, o mejor,
era la muerte lo que sucedía.

¿Cómo salvarse entonces, vigilante
entre el terror y la serenidad?
¿Qué respuesta entregar a la noche, a lo desvanecido,
sino el relato privado de un proceso, efímero
como la misma infancia insolidaria?

A solas, juez y parte de la historia extinguida,
buscó en sí mismo la noticia exacta
de lo desconocido.
Y nació la palabra. Sólo entonces,
con negación y sin remordimientos,
halló una certidumbre verdadera.

 Carlos Sahagún 

Poeta español.  Nació el 4 de junio de 1938. Cursó estudios de Filosofía y Letras en Madrid. Ejerció la docencia como Catedrático de Lengua y Literatura Españolas en Segovia, Barcelona. Obtuvo los premios: Adonais en 1957, Boscán en 1960, Juan Ramón Jiménez en 1974, Provincia de León en 1978 y Nacional de Literatura en 1980. Su obra poética consta de cuatro poemarios: “Profecías del agua”, “Como si hubiera muerto un niño”, “Estar contigo” y “Primer y último oficio”.

Crear con el idioma, esa maravilla que hacen los escritores. Reinventarse, una y otra vez en la palabra escrita, trascendiendo. Esas historias que aguardan suspendidas por un poeta, por un novelista, cuentista, por un hombre que se da a la tarea de darles espacio, tiempo y trabajo; historias, imágenes que encuentran en la letra de un sujeto su pasaje a la inmortalidad. No perder la fuerza y trabajar diariamente por el lenguaje, por la magia de la palabra y el poder de llegar a otros a través de un libro.

Gracias a todos esos escritores, que enseñan que el mejor de los viajes se inicia entre las páginas de un libro. ¡Feliz día del libro y del idioma!

@LauraAlessR


144. Terredad

Poema #144.

Terredad.

 

Estar aquí por años en la tierra,

con las nubes que lleguen, con los pájaros,

suspensos de horas frágiles.

A bordo, casi a la deriva,

más cerca de Saturno, más lejanos,

mientras el sol da vuelta y nos arrastra

y la sangre recorre su profundo universo

más sagrado que todos los astros.

 

Estar aquí en la tierra: no más lejos

que un árbol, no más inexplicables;

livianos en otoño, henchidos en verano,

con lo que somos o no somos, con la sombra,

la memoria, el deseo, hasta el fin

(si hay un fin) voz a voz,

casa por casa,

sea quien lleve la tierra, si la llevan,

o quien la espere, si la aguardan,

partiendo juntos cada vez el pan

en dos, en tres, en cuatro,

sin olvidar la parte de la hormiga

que siempre viaja de remotas estrellas

para estar a la hora en nuestra cena,

aunque las migas sean amargas.

 

Eugenio Montejo.

Hemos publicado varios posts sobre Eugenio Montejo. Fue redactor-fundador de las revistas Zona Tórrida y Poesía. Habló de la poesía como “la última religión que nos queda”, y dice en una entrevista que le hizo Miguel Szinetár que es un “substratum de lo que fue en algún tiempo lo sagrado en la tierra. Una especie de isla de salvación, de conexión con algo arcaico que hace que el hombre sea hombre y que ha desaparecido o tiende a desaparecer. Pero también la poesía se experimenta como maldición, como esclavitud de las palabras. Entre esos dos polos uno oscila.”

La terredad es un concepto y un tema que se siente profundamente arraigado en su obra, así como las imágenes de la Tierra (como planeta) y la tierra (como conexión inmediata, elemento), tanto así que llega a afirmar en otro poema que “a veces creo que soy un árbol”, y en un día para celebrar a la Tierra, para recordar sus bendiciones y su presencia, siempre sólida debajo de nosotros, es inevitable pensar en Eugenio Montejo. Estamos aquí, por años y a la deriva, “no más lejos que un árbol, no más inexplicables”, y nuestra presencia resulta igual de importante que la de la hormiga que viaja hasta nuestro encuentro, que las migas que reparte el universo, aunque sean amargas. Estamos en la Tierra, y eso es todo; estamos, somos.

@SaetasdeLuis

143. El agua ensimismada

Poema #143

El agua ensimismada

                                                    Para Edison Simons

El agua ensimismada
¿piensa o sueña?
El árbol que se inclina buscando sus raíces,
el horizonte,
ese fuego intocado,
¿se piensan o se sueñan?
El mármol fue ave alguna vez;
el oro, llama;
el cristal, aire o lágrima.
¿Lloran su perdido aliento?
¿Acaso son memoria de sí mismos
y detenidos se contemplan ya para siempre?
Si tú te miras, ¿qué queda?

María Zambrano

Filosofa, ensayista y poeta española nacida el 22 de abril de 1904. Realizó sus primeros estudios en Segovia. En Madrid estudió Filosofía y Letras con  García Morente y Ortega y Gasset. Finalizada la Guerra Civil, salió de España, exiliándose inicialmente en París, allí conoció a Albert Camus y René Char. Luego vivió en México, La Habana y Roma, escribiendo algunas de sus obras más importantes: “Los sueños y el tiempo”, “Persona y democracia”, “El hombre y lo divino”,  “Pensamiento y Poesía”, entre otros. En 1988 fue reconocida su obra con  el Premio Príncipe de Asturias y el Premio Cervantes. Falleció en Madrid, el 6 de febrero de 1991.

Reflexionar… Lo elemental se considera detenidamente a sí mismo. ¿Puede la materia pura volver hacia sí misma? Cuando ella cambia, se transforma, entonces reflexiona. ¿Se piensa o se sueña? Se piensa porque reconoce su origen o se sueña porque algún mensaje originario ha quedado en su materia, un mensaje que no sucumbe ante el cambio. ¿Al contemplarse se reconoce? Quedará en nosotros algo de memoria elemental, ¿nos reconocemos?

@LauraAlessR