102. El regreso del gran poeta

Poema #102.

El regreso del gran poeta.

 

Cuando la luz cayó por un agujero en las nubes,

supimos que el gran poeta iba a llegar. Y lo hizo.

Una limusina con llantas blancas y vidrios ahumados

lo dejó. Y entonces, con una fluidez clara y muda

Él entró en la sala. Hubo un silencio. Sus alas eran grandes.

El corte de su traje, el ancho de la corbata, estaban fuera de moda.

Cuando habló, el aire parecía blanqueado por gritos imaginarios.

El gusano del deseo hurgaba en el corazón de todos los presentes.

Había lágrimas en sus ojos. El gran hombre estaba mejor que nunca.

“No hay que precipitarse”, dijo al terminar la lectura, “el fin

del mundo es sólo el fin del mundo tal como lo conocemos”.

Tan típico de él, pensaron todos. Luego se fue,

y el mundo fue un espacio en blanco. Hacía frío y el aire estaba en calma.

Díganme, ustedes allá afuera, de todos modos, ¿qué es la poesía? ¿puede alguien morir sin si quiera un poco?

 

Mark Strand.

Nació en Prince Edward Island, Canadá, aunque de nacionalidad estadounidense (1934). Es una de las voces esenciales de la poesía contemporánea en lengua inglesa. Ha escrito diez libros de poesía, varios volúmenes de narrativa, ensayo, monografías, crítica de arte y cuentos infantiles, así como ha realizado múltiples traducciones. Fue designado Poeta Laureado de Estados Unidos por la Biblioteca del Congreso en 1990  y, entre otros premios, recibió el Premio Pulitzer por su libro “Blizzard of one”, al que pertenece este poema.

¿Qué es la poesía? Si alguien de los que lee estas palabras lo sabe con certeza, dígamelo. Recuerdo la frase que Eugenio Montejo repetía con frecuencia: “la poesía es la última religión que nos queda”. En este poema de Strand, vemos al gran poeta como un dios que desciende a la Tierra desde un agujero en las nubes, con enormes alas y una atmósfera blanca y celestial. ¿Qué lectura podría concedernos un hacedor como éste? Todos experimentamos la poesía de alguna manera, y en la voz del poema que escuchamos resuenan otras voces, “gritos imaginarios” que nos conectan con otras imágenes y con nuestras vivencias. Esto es lo que permite que el poema sea, a la vez, universal e individual. “No hay que precipitarse, el fin del mundo es sólo el fin del mundo como lo conocemos”.

@SaetasdeLuis

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